
JOSÉ ANTONIO GARCÍA RUBIO
Desde el inicio de la crisis económica
del capitalismo (por cierto, anterior al 2007-2008 como crisis de la
tasa de ganancia) ha habido en nuestro país un cierto debate sobre la
estructura, composición y papel de la clase obrera.
Es sorprendente, pero la acción política del movimiento obrero
español se fue construyendo durante muchos años en ausencia de un
análisis de clase de la sociedad española. Más recientemente, la
Conferencia Política del PCE incorporó a sus documentos una primera
aproximación que tenía en cuenta algunas de las características que
definían la composición de la clase en el postfordismo español. El
reciente Congreso del Partido retomó este análisis y lo confirmó en sus
aspectos esenciales.
El asunto no es pequeño, porque la política de Convergencia y la
construcción del Bloque Social y Político, que constituyen la estrategia
fundamental de la política de alianzas del PCE, son bastante difíciles
de aplicar sin una apreciación correcta de la estructura de clases en
nuestro país. El esfuerzo realizado es importante, pero el resultado,
desde mi punto de vista, es insuficiente porque los conceptos se prestan
a distintas interpretaciones y el debate, como algunos otros, no puede
darse por cerrado.
Tanto es así, que en la Comisión del Documento Económico de la X
Asamblea de IU, triunfaron con el apoyo de muchos comunistas, algunos de
los cuales no dudarían en autodefinirse como marxistas-leninistas,
enmiendas que proponían directamente que los pequeños empresarios no
explotan a sus trabajadores.
¿Podemos definir el concepto de clase obrera?
Parece evidente, aunque como en los últimos tiempos algunos
pensadores sedicentemente de izquierdas, han cambiado la dialéctica por
la escolástica, no sería sorprendente una respuesta negativa. Con la
metodología del materialismo dialéctico -lo siento, no he encontrado
otra que pueda explicar mejor la realidad social-, las clases sociales
son grupos antagónicos, cuyo papel depende de su relación con los medios
de producción, y cuyas relaciones mutuas se basan en la explotación.
Así pasó entre esclavos y amos, y entre señores feudales y siervos de la
gleba. En el capitalismo, el trabajador vende su fuerza de trabajo y el
capitalista, el burgués, es el propietario de los medios de producción
(entre ellos, la fuerza de trabajo). El núcleo de la explotación es la
apropiación de la plusvalía porque la fuerza de trabajo produce más
valor del que necesita para su reproducción y, por tanto, que el valor
por el que se vende.
Aunque esta visión es bastante dialéctica, es relativamente
incompleta. El mismo Marx señaló que, aunque desde el punto de vista del
capital los trabajadores asalariados eran una clase social, los
diferentes individuos que forman la clase obrera sólo toman conciencia
de ello (se dan cuenta) cuando se ven obligados a una lucha común contra
la burguesía, se unen y se constituyen en clase para sí. Por tanto, una
visión alejada del determinismo económico e impregnada de política.
Sólo así puede explicarse que la primera revolución socialista de la
Historia tuviera lugar en Rusia, país con una clase obrera muy pequeña o
el papel significativo de la lucha obrera en la Historia de España,
donde nunca se hizo la revolución industrial.
Naturalmente, altos directivos de empresa, ejecutivos, responsables
militares o altos gestores de la administración, son asalariados, venden
su fuerza de trabajo y no pueden ser considerados clase obrera. Parece
necesaria alguna línea roja. Hay una clara: si aunque sean asalariados
forman parte en mucho o en poco de la propiedad de la empresa, la
cuestión está clara. Esto lleva a un nuevo problema que veremos más
adelante, el de los cooperativistas y los socios de las SAL.
Si no hay propiedad de la empresa, podemos apuntar (es una cuestión a
debatir) si la línea roja debe estar en la capacidad funcional autónoma
o no para disponer de los medios de producción para lograr los
objetivos de la propiedad.
Otra arista de la cuestión está en los autónomos. Desde luego, los
llamados falsos autónomos son inequívocamente parte de los trabajadores
que venden su fuerza de trabajo. Sin embargo, los autónomos normales o
los artesanos no venden su fuerza de trabajo, venden el resultado de su
trabajo y son los propietarios de sus medios de producción. Un ejemplo
puede aclararlo: no es lo mismo contratar un pintor para pintar mi casa
que contratar un pintor para pintar casas.
La claridad es completa cuando el autónomo tiene contratados a
trabajadores (sean uno o varios). Estamos ante un pequeño empresario,
independientemente de la forma jurídica que tenga su empresa.
Clase obrera, ¿sólo industrial?
Una de las aparentes evidencias de los estudios sobre la evolución de
la clase obrera es su disminución relativa, en contra de lo previsto
por Marx. Simplemente no es cierto. El informe sobre Empleo Mundial 2007
de la Comisión Europea, refleja que los trabajadores industriales han
pasado de ser el 15% en 1950 al 21,3% en 2006. Es cierto que los
servicios han pasado de emplear el 18% en 1950 al 40% en 2006, pero es
la agricultura la que ha pasado del 67% al 38,7% en ese período. A esto
hay que añadir que la clasificación estadística entre agricultura,
industria y servicios es artificial y tiende a ocultar precisamente las
relaciones de producción. Como ejemplo, la primera Huelga general
revolucionaria, que tuvo lugar en España en 1917, hubiera sido
impensable sin el papel que jugaron los ferroviarios. ¿Clase obrera
industrial o de servicios? En Ciudad Real, donde nací, al comienzo de la
democracia la empresa más grande era una ensambladora de maquinaría
frigorífica para hostelería (unos 30 trabajadores), diez años después
era una planta azucarera (unos 300 trabajadores). Actualmente, es el
Hospital del Servicio Público de Salud (4.100 trabajadores).
En una sociedad capitalista no hay grandes diferencias funcionales
entre reparar y poner a punto un automóvil y curar y poner en
condiciones de trabajar a una persona. Por otra parte, el papel del
proletariado agrícola en la historia social y política de España es
innegable. Hoy aún es necesaria la creación de un banco público de
tierras para resolver necesidades de trabajo de los jornaleros.
La dialéctica obrero/trabajador
Para justificar determinados planteamientos, algunos limitan el
concepto de clase obrera al de “clase obrera industrial fordista”. Poco
importa que el fordismo sea una forma de organización de la producción
capitalista bastante posterior a Marx. Hagamos la foto de un momento de
la historia de la clase y cuando veamos que la foto amarillea, podemos
decir que la clase obrera es un concepto obsoleto.
Esto es importante porque está en juego la relación dialéctica clase
obrera/clase trabajadora, que no es una mera diferencia nominalista.
La cuestión está en el papel ideológico, político, económico y social
que juega la clase, cuyo núcleo podemos centrar en aquellos que venden
su fuerza de trabajo en los procesos de producción de bienes materiales y
servicios (es decir, la evolución moderna de la clase obrera) y el
resto de los trabajadores (clase trabajadora) que también venden su
fuerza de trabajo, aunque en procesos complementarios. Un funcionario
administrativo no es un obrero, pero es un trabajador.
La solución, de nuevo, supera el economicismo y exige volver a la idea de clase para sí de Marx.
¿Una clase fragmentada y enfrentada?
La clase obrera nace con el capitalismo, evoluciona en función de la
evolución del capitalismo y muere cuando acaba con el capitalismo.
Precisamente esa es la contradicción fundamental, aquella que exige para
su superación la desaparición de los elementos antagónicos (burguesía y
clase obrera).
Nadie puede negar la evolución de la clase y sus trasformaciones
internas. Pero eso es una cosa y otra negar a la clase obrera su papel
histórico como hace Toni Negri y sus seguidores en España. Al respecto,
Viçens Navarro ha dejado bastante claro en un reciente artículo
aparecido en
Público, que los adversarios son mucho más del 1%.
La precariedad no es algo nuevo; desde que el capitalismo existe hay
precariedad y no es ahora cuando más abunda, si lo examinamos con un
poco de perspectiva histórica. Desde luego había mucha más cuando se
escriben
El Capital y el
Manifiesto Comunista, o
cuando triunfa la Revolución de Octubre o el pueblo español se enfrenta
con las armas en la mano a la sublevación fascista. Algo parecido ocurre
con la fragmentación. En un país donde no se hizo la revolución
industrial la fragmentación y división de la clase trabajadora es
evidente e histórica. Siempre ha habido un tejido empresarial donde el
96% de las empresas o más, han sido empresas de menos de 10
trabajadores. Ahora es cuando hay más mujeres en el proceso de
producción y, en cuanto al papel de los inmigrantes, tan inmigrantes son
los de otros territorios del Estado como los de fuera de él.
Si todo esto es así, ¿a qué viene esa necesidad de destripar
teóricamente a la clase obrera? Simplemente a difuminar sus fronteras y
su papel y a crear las condiciones en su propio seno para que se acepte
el entierro de su papel histórico.
Según cierta progresía postmoderna, en la sociedad postindustrial y
del conocimiento, ya no tendría sentido hablar de clase sociales, de
intereses de clases, de lucha de clases y de explotación (de unas clases
sobre otras). Solo de diferentes grados de consumo, de conocimiento o
de diferentes posiciones en el mercado laboral, que podían ser
coyunturales, confiando en una potencial movilidad social y laboral
ascendente y en la meritocracia. Es decir, la muerte del marxismo,
frente a la sociología positivista estadounidense.
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