15.11.2014
Iñaki Gil de San Vicente
LA OBJETIVIDAD Y LA SUBJETIVIDAD. EJEMPLOS PRÁCTICOS
1.1.- DESARROLLANDO UN EJEMPLO
CÓMO LA ESTRUCTURA ECONÓMICA DEFINE LA IDEOLOGIA
2.1.- DETERIORO SOCIOECONÓMICO E IDEOLOGÍA
2.2.-
PODEMOS COMO IDEOLOGÍA
LA TÁCTICA Y LA ESTRATEGIA. PROFUNDIZAR ESTOS CONCEPTOS PARA SABER ANALIZAR CORRECTAMENTE
3.1.- INTERACCION ENTRE ESTRATEGIA Y TÁCTICA
¿FRENTE POPULAR? ¿UNIDAD POPULAR? ¿EN QUÉ SE PARECEN Y EN QUÉ SE DIFERENCIAN?
4.1.- INTERNACIONAL COMUNISTA Y FRENTE ÚNICO
4.2.- INTERNACIONAL COMUNISTA Y FRENTE POPULAR
4.3.- KOMINFORM Y FRENTEPOPULISMO
4.4.- OBJETIVO HISTORICO, REVOLUCIÓN O REFORMA
Los puntos de reflexión arriba expuestos han sido elegidos mediante
una consulta abierta a varios grupos de militantes de Andalucía que van a
participar en las terceras jornadas de discusión teórico-política que
se celebrarán el 28, 29 y 30 de este mes de noviembre en Puerto Real,
Cádiz. Han sido los grupos quienes en base a las lecciones extraídas de
las dos anteriores jornadas de debate, más los aportes realizados por
quienes van sumándose o participando desde fuera mediante los textos
utilizados, han elegido los cuatro temas para que se añadan al programa
ya establecido. Como vemos, se trata de un método que facilita la
ampliación y profundización de los temas a investigar gracias a que las y
los participantes pueden proponerlos con anterioridad aunque estuvieran
fuera del programa inicial.
1.- LA OBJETIVIDAD Y LA SUBJETIVIDAD. EJEMPLOS PRÁCTICOS

Lo primero que debemos tener en cuenta es que existe una estrecha
relación entre la objetividad, lo objetivo y el objetivismo, relación
que ahora debemos explicar sólo en lo necesario para nuestro curso, sin
mayores precisiones que nos exigen más tiempo y espacio del que
disponemos. La objetividad consiste en saber que nuestra vida, nuestra
práctica y por tanto nuestra subjetividad, nuestras emociones, etc.,
están siempre relacionadas con realidades objetivas que existen fuera de
nosotros, sobre las que podemos influir mucho, poco o nada. Por
ejemplo, la altísima tasa de paro y de empobrecimiento social que golpea
al pueblo andaluz está objetivamente relacionada con la explotación
capitalista que padece en beneficio de la burguesía española, de la que
forma parte la andaluza.
Lo objetivo consiste en asumir que existe una realidad externa a
nosotros, al margen de lo que deseemos o necesitemos: la objetividad de
la opresión del pueblo andaluz está reforzada desde el hecho objetivo de
las brutales matanzas españolas realizadas desde 1936 y la represión
posterior, que ahora se materializa de múltiples formas adecuadas a las
necesidades de la dominación de la burguesía. Aquellos crímenes masivos
del pasado son un hecho objetivo aún presente mediante sus terribles
consecuencias de largo alcance, al margen de que sean conocidos más o
menos exactamente, o incluso desconocidos. Y el objetivismo consiste en
el hábito de pensar racionalmente partiendo de la objetividad de lo
objetivo, es decir, de que las penosas condiciones de mal vivencia del
pueblo trabajador andaluz existen porque existe la historia objetiva de
la explotación capitalista española.
La subjetividad tiene un triple sentido: uno, la subjetividad como la
otra parte de la objetividad, como la conciencia colectiva e individual
de que lo objetivo existe y debemos transformarlo mediante la praxis
científica, teórica, filosófica, ética, etc., es decir, la subjetividad
voluntaria y libre, crítica, que va unida a la comprensión y
transformación de lo exterior a nosotros, de lo objetivo. En este
sentido lo subjetivo es una parte de lo objetivo, es más, la
subjetividad crítica es una fuerza revolucionaria cuando prende entre
las masas explotadas o entre sectores importantes. Si profundizamos un
poco más, vemos que la subjetividad, la mente humana en general, tiene
ciertas cualidades aún poco estudiadas que facilitan la siempre
necesaria capacidad heurística de inventar, innovar e imaginar
soluciones a los problemas superando los dogmas y paradigmas obsoletos.
Pero
la heurística no tiene nada que ver con la subjetividad y el
subjetivismo, sino todo lo contrario, depende de la cantidad y calidad
de los conceptos empleados mediante el método dialéctico de pensamiento
crítico y creativo, y con la capacidad de creación artística.
En la praxis revolucionaria, en la militancia cotidiana, en lo que
debemos llamar subversión del sistema establecido, debemos intentar una
fusión del objetivismo materialista con el subjetivismo consciente
entendido desde la capacidad heurística, la capacidad de imaginar y
soñar crítica y creativamente siempre a partir de realidades
incuestionables, y observando con minuciosidad las tendencias evolutivas
nuevas, brotes germinales cuyo desarrollo debemos seguir atentamente.
Desde
este método, lo subjetivo es a la vez objetivo pero en una forma
específica, porque interviene como una fuerza de dirección consciente en
la dialéctica de las contradicciones objetivas, como una forma
específica de esas contradicciones, que no como algo absolutamente
exterior y ajeno a la realidad objetiva.
El segundo sentido de la subjetividad es el que refiere a las
emociones, sentimientos, afectos, querencias, odios, fobias, filias,
anhelos y deseos no conscientes, o sea ese llamado «mundo subjetivo» que
pretende ser estudiado por la psicología, la psiquiatría, el
psicoanálisis, etc.; este mundo subjetivo es más complejo de lo que se
cree habitualmente y todos los poderes opresores han sabido utilizarlo
para reforzar su dominación manipulando la personalidad con el sistema
educativo, con la propaganda, con la religión, con el miedo y el temor
en todas sus formas, con promesas basadas en cosas imposibles, con
sobornos y corrupciones, reforzando los contenidos reaccionarios de la
cultura popular y reprimiendo sus contenidos progresistas, etc. Sobre
esta larga experiencia histórica previa, el capitalismo ha montado una
muy efectiva manipulación de la subjetividad alienada sobre todo con el
consumismo y con la adoración fetichista del dinero y de la mercancía.
Y el tercer sentido de la subjetividad es el de la corriente
idealista de pensamiento subjetivo que cree que la realidad se conoce no
mediante el materialismo de la realidad objetiva en movimiento causado
por sus contradicciones internas, sino mediante las creencias,
percepciones, criterios, estados emocionales del sujeto que le permiten
activar supuestas «facultades sensoriales» desconocidas capaces de
descubrirle la «verdad». Aunque la vida depende de actos y pensamientos
racionales basados en la obviedad de lo objetivo, son muchas las
personas que interpretan la realidad de forma idealista, en la segunda
acepción de subjetivismo aquí expuesta, creyendo que su vida depende de
fuerzas inmateriales, esotéricas, de «energías espirituales» sólo
cognoscibles mediante las «ciencias ocultas», la teología, la mística,
la revelación, la intuición, e incluso mediante el uso de drogas
alucinógenas que te permiten un «viaje a otras dimensiones» de la
realidad.
En la vida cotidiana desgraciada pero significativamente es harto
frecuente que las personas mezclen en diversas dosis los dos métodos, el
objetivista y el subjetivista en la segunda y tercera acepción. Aunque
cada vez menos, todavía muchos científicos y personas que por su trabajo
deben aplicar el materialismo racionalista –y el método dialéctico de
manera empírica aunque lo rechacen oficialmente–, sin embargo se
declaran religiosas, leen los horóscopos, creen más en sus «intuiciones»
o en las de otras personas que en la formación teórica y en el debate
colectivo democrática y críticamente realizado, etc
1.-1.- DESARROLLANDO UN EJEMPLO:
Aún así, existe en la práctica una compleja y contradictoria unidad y
lucha permanente entre objetividad y subjetividad en la que, por lo
general e históricamente hablando, la primera, la objetividad, termina
imponiéndose mal que bien y superando muchísimas presiones sobre la
subjetividad. Veamos un ejemplo de esta interacción: una fábrica cerrada
en nuestro barrio, sin obreras y obreros y en silencio. Es una realidad
objetiva que impacta a diario en la vida de decenas y centenas de
familias empobrecidas. Pero si investigamos un poco mediante el
objetivismo materialista y la objetividad que nos previene contra el
subjetivismo y la subjetividad, vemos que la fábrica está formada por
otras realidades más pequeñas: ladrillos, máquinas oxidadas, cristales
rotos y habitáculos sucios que sirven para que jóvenes se inyecte la
droga que infecta el barrio y que aniquila a una juventud obrera
condenada a la miseria, realidades ciertas e innegables conocidas por la
gente, pero permitidas por el poder y su policía, y silenciadas por la
prensa.
Si seguimos buceando, descubrimos que los ladrillos, las máquinas,
etc., compactos al tacto sin embargo son también inmensos espacios
vacíos entre sus partículas y los núcleos de los átomos que componen lo
que denominamos la «materia» que forma la fábrica. Pero este
conocimiento objetivo avalado por los avances científicos sólo se
adquiere mediante el esfuerzo de estudiar la realidad con el objetivismo
materialista superando el subjetivismo idealista. Este simple ejemplo
nos explica que lo objetivo, que existe en la realidad, es visto desde
diversos ángulos: uno, el de la realidad obrera golpeada por la
explotación capitalista; otro, el de la física clásica que explica la
materialidad de la fábrica; y por último, el de la física atómica que
explica la composición interna de la «materia», por no extendernos en el
análisis de lo más pequeño de lo pequeño o física cuántica, y de lo más
grande de lo grande o leyes y contradicciones del modo de producción
capitalista. Y eso que sólo nos movemos en dos planos del problema: el
social y el físico, porque si entramos en otros cinco más, la salud, la
política, el patriarcal, el conocimiento, y la ética, las cosas se
complican:
Desde la perspectiva de la salud vemos que la fábrica cerrada ha
empeorado la salud y la calidad de vida del pueblo trabajador por los
efectos nefastos del desempleo y del empobrecimiento, ha incrementado el
consumo de alcohol y de otras drogas legales e ilegales, ha
incrementado los problemas psicológicos y «subjetivos» en el sentido
segundo arriba expuesto, con el incremento de la tasa de suicidios
efectivos y frustrados, el deterioro general que fuerza el consiguiente
aumento del consumo de ansiolíticos y antidepresivos; y presiona sobre
el aumento de la llamada «delincuencia social», etc. Incluso ha
reforzado el subjetivismo idealista en el tercer sentido al reforzar las
creencias religiosas de algunas personas que rezan para que los dioses y
diosas les ayuden, o que recurren a videntes para saber qué futuro les
aguarda. Son cada una de ellas realidades objetivas reflejadas en
estadísticas y estudios que generalmente no sirven para nada si las
luchas populares no presionan para que se mejoren las condiciones
sociales.
Desde la perspectiva política vemos que los obreros recuperaron la
fábrica cerrada por la patronal poniéndola en funcionamiento mediante la
autogestión socialista hasta que fueron desalojados por la policía de
la misma forma que poco antes esta también desalojó a los campesinos y
campesinas que habían recuperado los campos abandonados del señor conde;
vemos que esa misma policía apaleó y expulsó de los locales de la
fábrica a los movimientos juveniles y populares que los habían vuelto a
liberar y a socializar; vemos cómo las manifestaciones de protesta
fueron disueltas con multas y a palos, mientras que se hacía público que
en los terrenos de la fábrica cerrada se iba a construir un campo de
gol con un hotel de lujo directamente conectado con el aeropuerto más
cercano para traer a grandes capitalistas y restante escoria. El campo
de golf y el hotel de lujo será una realidad objetiva cuando se
construya, si es que la represión burguesa aplasta la resistencia
popular en contra y a favor de la reindustrialización de la zona. Pero
la manipulación burguesa de la subjetividad alienada y atemorizada logra
hacer creer a muchas personas que ese hotel y ese golf «traerán el
progreso» al pueblo.
Desde el patriarcado y poder adulto, vemos que son las mujeres y
las/los jóvenes quienes más sufren las consecuencias del cierre de la
fábrica por el aumento de las tensiones intrafamiliares al reducirse la
entrada de dinero y aumentar la pobreza, al obligar a las mujeres a
realizar más trabajos en la economía sumergida con las peores
condiciones de explotación que ello acarrea, al reducir las
posibilidades de la juventud para salir de casa e independizarse en su
vida personal, al obligar a las familias a convivir sin esperanzas e
ilusiones, teniendo que asumir en silencio el desplome de la autoestima
que supone aceptar la caridad exterior ya que las ayudas sociales se
están reduciendo con rapidez.
Desde la teoría del conocimiento vemos que se han hundido las
creencias sobre el futuro seguro, eterno, del salario en la fábrica
garantizado pasa siempre, impacto objetivo y hasta sorpresivo que obliga
a nuestro pensamiento a asumir el cambio, la interacción y la
contradicción: la fábrica funcionaba y ha dejado de hacerlo en medio del
desconcierto y el miedo por el futuro de los trabajadores. Lo que se
creía seguro y eterno ha desaparecido de repente apareciendo la realidad
cruda y cruel. Muchos trabajadores se hunden en el pesimismo derrotista
pero otros se conciencian, dándose cuenta que deben abandonar toda
irrealidad subjetiva para enfrentarse a la feroz objetividad del
empobrecimiento y de la precarización. Las viejas formas subjetivas no
sirven ante la fría desnudez de lo objetivo que se materializa también
en las represiones, en las mentiras de la prensa, en los silencios
cómplices de la Iglesia para los desorientados trabajadores creyentes.
De
pronto descubren a palos que todo está relacionado entre sí y que en el
centro de lo que les sucede aparece el Estado de la burguesía como lo
objetivo en su quinta esencia, ante lo que no valen para nada las
ilusiones subjetivistas del reformismo sino la práctica también objetiva
de la lucha revolucionaria.
Desde la ética vemos que mientras que para el pueblo es malo e
injusto el cierre, para la burguesía es bueno y necesario; que mientras
muchos trabajadores condenados al desempleo, al subempleo y a la
precariedad empobrecida, se preguntan sobre qué justicia existe en este
mundo de desconsuelo, otros trabajadores les responden que domina la
justicia del capital, y que la justicia del obrero debe actuar
ilegalmente, pero actuar: dos justicias y dos éticas enemigas mortales.
Vemos
que cualquier defensa de los derechos populares que desborde los muy
escuálidos límites de la ley y de la ética de la propiedad privada es
inmediatamente condenada y perseguida mientras que la clase dominante
puede hacer prácticamente todo lo que se le venga en gana.
En todas estas formas de acercarse al problema del cierre de la
fábrica la objetividad va funcionando de maneras diferentes para
adecuarse al objeto preciso que estudia: la primera imagen de la empresa
cerrada, su materialidad externa y sus diversos niveles de composición
interna, lo salud popular golpeada, la política burguesa en acción, las
mujeres y la juventud machacada, el método idealista humillado y la
impunidad de la ética burguesa: estas y otras manifestaciones de la
totalidad objetiva que es una fábrica desmantelada son otras tantas
realidades objetivas, que están ahí pero también con sentidos
antagónicos en los cuerpos y en las mentes de las clases en lucha, de la
burguesía y del proletariado. Comprender esta objetividad de lo
objetivo exige el método objetivista y de la subjetividad revolucionaria
que forma parte sustantiva de él.
La subjetividad alienada e idealista por el contrario, se limita a
creer que todo lo que sucede en ese pueblo es efecto de la casualidad,
del azar: la mano invisible del mercado que funciona en base a las
apetencias subjetivas de los consumidores individuales, egoístas y
fríamente racionales en la toma de sus decisiones de compra y de venta.
Esta
subjetividad cree que no existen regularidades de fondo en el
capitalismo que explican por qué surge el paro y el por qué y para qué
de las huelgas y de las cárceles en las que se pudren los huelguistas
detenidos: cree el subjetivista que son las apetencias, caprichos, ideas
y delirios dopados sobre diosas y dioses de las personas individuales
las que dictan las reglas de funcionamiento a la sociedad. Y del mismo
modo en que cree que no existen causas objetivas, también cree que sólo
basta con la subjetividad para arreglar el mundo. Semejante idealismo
reformista siempre ha fracasado.
2.- CÓMO LA ESTRUCTURA ECONÓMICA DEFINE LA IDEOLOGIA
En lo que podemos definir como pensamiento burgués, existen tantas
definiciones de ideología como escritores quieran ganarse unos euros
creando modas intelectuales de usar y tirar en el mercado de la cultura
industrializada. Pero en lo que entendemos por marxismo existen dos
grandes acepciones que se refieren a dos momentos de la praxis
revolucionaria: uno, el más inmediato y fácil de entender, es el que
define la ideología como el conjunto de ideas, conocimientos, teorías,
etc., que tienen las clases en lucha, el proletariado y la burguesía
fundamentalmente. La ideología del proletariado es el socialismo, aunque
por muchas razones, algunas de las cuales hemos expuesto sucintamente
arriba, el socialismo penetra con dificultad en las clases explotadas.
Una
razón de peso que lo impide es el hecho de que la ideología burguesa,
la forma de ver el mundo de esta clase explotadora, es la que domina
abrumadoramente en la sociedad capitalista en situaciones de
«normalidad», cuando aún no hay muchas fábricas cerradas, ni mucho
desempleo y empobrecimiento, ni mucha lucha de clases.
La ideología burguesa es la ideología dominante porque el
capitalismo, sobre todo el Estado burgués, dedican ingentes recursos de
toda índole para marginar la ideología obrera, atacando al socialismo,
falsificando la historia y reprimiendo cualquier lucha obrera y popular
que pueda vencer y así demostrar que el socialismo es factible. Pero,
además, la ideología burguesa cuenta con el inestimable apoyo de su
versión pequeño burguesa, o si se quiere de la ideología pequeño
burguesa que es una versión de la de su hermana mayor, la burguesía,
pero adaptada a las condiciones de la hermana menor. En los períodos de
crisis, sectores de la clase obrera alienada son más receptivos a la
cháchara pequeño burguesa con su enfurecido mal genio democraticista,
que ladra pero no muerde, que al socialismo por un lado, y por otro a la
estricta ideología burguesa abiertamente reaccionaria, por lo que se
comprende así que la clase capitalista acepte como mal menor que
partidos pequeño burgueses jueguen un papel importante durante un
tiempo. En estos momentos, en el Estado español
Podemos juega ese papel de radicalismo pequeño burgués, como se verá.
La otra acepción marxista de ideología se refiere a la falsa
conciencia, es decir, al hecho de que, en el fondo, la ideología refleja
de manera invertida la realidad, cree que las causas son los efectos y
viceversa, ve el mundo boca abajo. Es una falsa conciencia que surge del
hecho de que el capitalismo oculta su naturaleza explotadora, sus
contradicciones y su lógica interna, basada en la explotación creciente y
brutal de la mayoría por la minoría, mientras que ofrece una imagen
externa falsa según la cual todas las personas somos iguales, tenemos
los mismos derechos y las mismas posibilidades, dependiendo nuestra vida
de nuestros «meritos individuales», de nuestra suerte, de nuestro
«instinto ganador y competitivo». De este modo, la burguesía oculta al
proletariado la realidad objetiva: la opresión de clase, la explotación
asalariada que enriquece a la minoría y empobrece a la mayoría, la
dominación cultural, la explotación patriarcal y nacional, etc.
El sentido marxista profundo de ideología concierne a esta verdad
oculta: tenemos que dar la vuelta a nuestro pensamiento, ponerlo de pie,
no limitarnos a la apariencia externa sino descubrir las
contradicciones internas, la esencia real pero difícil de ver a simple
vista de la objetividad de la explotación asalariada, patriarcal y
nacional. Desde esta definición profunda y crítica de la ideología
burguesa en cualquiera de sus formas como conciencia equivocada, falsa,
miope, comprendemos que la ideología socialista que refleja parcial y
limitadamente cosas ciertas, verdaderas en algunos de sus contenidos,
debe enriquecerse radicalmente hasta llegar al nudo del problema: la
propiedad privada.
Si nos fijamos, desde hace muchos años, casi ningún programa que se
denomine socialista plantea abiertamente la necesidad perentoria de la
socialización de las fuerzas productivas, de acabar con la propiedad
burguesa para hacerla propiedad socialista controlada por el pueblo
trabajador mediante la democracia de los soviets, de los consejos
obreros y populares, de las asambleas barriales y vecinales, con el
apoyo del Estado obrero y la garantía del pueblo en armas. Con las
actuales tecnologías de la información al instante, horizontal y libre
-mientras lo permita el imperialismo que es quien controla las redes
sociales e Internet– es mucho más fácil que en el pasado crear y
practicar la democracia socialista basada en la propiedad comunal de las
fuerzas productivas. Y prácticamente ningún programa «socialista»,
excepto honrosas excepciones, defiende la necesidad del comunismo, única
alternativa viable para el futuro de la humanidad.
2.1.- DETERIORO SOCIOECONÓMICO E IDEOLOGÍA
¿Por qué la mayoría inmensa de los actuales «programas socialistas»
evitan esta cuestión crítica, decisiva, necesaria y urgente? Pues porque
unos se han pasado abiertamente al reformismo interclasista que
propugna acabar con lo «malo» del capitalismo quedándose con lo «bueno»,
y otros, sin retroceder tanto, se quedan a medio camino, entre dos
aguas. Ambas posturas tienen en común que interpretan la realidad según
el concepto superficial de ideología antes citado: la ideología como
conjunto de ideas de una clase, de la clase trabajadora que, en este
caso, se plasmaría en su ideología socialista. Analicemos la evolución
reciente de esta «izquierda socialista» bajo los impactos demoledores de
la crisis oficialmente estallada en 2007. Analicemos Podemos como
expresión máxima del relativo valor del concepto de ideología en el
sentido de conjunto de ideas.
La estructura económica del Estado español, como se dice en la
pregunta, está cuarteada en trozos, con quiebras estructurales en su
base industrial, la que produce valor; dicho de otro modo, el
capitalismo español se está desindustrializando y envejeciendo
tecnológicamente, lo que le aboca a aumentar más aún su dependencia del
exterior: el Estado español es una especie de protectorado bajo control
externo, dependiente de las decisiones estratégicas tomadas por el
imperialismo, pero esto en modo alguno anula la fuerza del nacionalismo
imperialista español sino que le enfurece aún más. La
desindustrialización no empezó en 2007 sino mucho antes y ha pasado por
fases de mayor o menor velocidad e intensidad, e incluso ha habido
tímidos y fugaces intentos fracasados de reindustrialización
estructural, que no parcial o sectorial, pero fracasados a la larga
porque el bloque de clases dominante en el Estado apenas ha apoyado
decididamente una larga estrategia industrial por razones que no podemos
explicar ahora.
Esta es una de las razones fundamentales del empobrecimiento
programado que actualmente se padece, siendo otras la propia crisis
financiero-industrial europea y el estancamiento mundial, la ferocidad
de la burguesía representada por el PP y el PSOE, y de CiU, PNV, UPN,
etc. Estas dinámicas son objetivas, como decíamos antes, existen
realmente al margen de nuestra subjetividad. Lo que ocurre es que el
concepto dominante en la «izquierda socialista» de ideología como
conjunto de ideas, siendo valido para los momentos tranquilos, sin
aceleraciones de complejidad y contradicción, le fue útil de alguna
manera para ir tirando hasta antes de la crisis de 2007 siempre que no
pretendiera atacar radicalmente al capitalismo; pero esta concepción
limitada de la ideología fue perdiendo el grueso de su utilidad conforme
aparece de manera incuestionable la crudeza objetiva del capitalismo.
Sin mayor rigor expositivo ahora, hasta esa fecha fueron sólo los
marxistas en cuanto tales, los comunistas que dominan la dialéctica y el
materialismo histórico, los únicos que llevaban tiempo advirtiendo no
sólo de que se agudizaban las contradicciones del sistema, sino que
además se demostraba la incapacidad de la «izquierda» para prepararse
cara a la lo que se avecinaba.
En la realidad, la clase trabajadora del Estado español venía
sufriendo reducciones salariales y retrocesos en sus condiciones de vida
y trabajo desde mucho años antes, empeoramiento ocultado en parte por
el endeudamiento creciente debido a unas bajas tasas de interés, al
dinero barato en suma, debido también al boom del ladrillo que permitió
más horas de trabajo asalariado en la familia lo que silenciaba el
creciente crujir de la situación familiar real, objetiva, cada vez más
endeuda para mantener un nivel ficticio de consumo barato imposible de
mantenerse durante mucho tiempo por el debilitamiento del salario
familiar. A estas y otras causas que explican la poca resistencia
consciente y activa, –hubo luchas gloriosas desconocidas por el silencio
mediático–, hay que sumarle otras más entre las que destacan el
colaboracionismo descarado del sindicalismo y de la izquierda oficiales,
o sea, de la «leal oposición de Su Majestad», la economía sumergida que
puede rondar entre un cuarto y un tercio del total en los meses de
verano con el turismo al alza, y la ingente corrupción
económico-política. Pero desde 2007 y en especial desde 2010-11, esta
situación de limitada resistencia empezó a dar paso a una serie
creciente de movimientos sectoriales y de masas.
2.2.- PODEMOS COMO IDEOLOGÍA
Y fue a partir de aquí, de este período, cuando comenzó la
descomposición del sistema de orden, represión e integración del
capitalismo español en zonas en las que hasta entonces había sido
bastante efectivo, pero no la descomposición del capitalismo y de su
Estado en sí. Fue el sistema de integración, represión y orden el que
empezó a debilitarse y el que está llegando ahora a una debilidad
peligrosa. La «oposición de Su Majestad» –no incluyo aquí a las
organizaciones revolucionarias por contadas y reducidas que sean–, fue
quedándose perpleja y muda ante la irrupción de masas trabajadoras en
las que se integraban cada vez más sectores de las llamadas «clases
medias», es decir, trabajadores con altos salarios y condiciones de
explotación laboral menos malas que la media. Pero asalariados al fin y
al cabo que en muy poco tiempo despertaron sobresaltados de su profundo
letargo subjetivista durante el que se habían creído la mentira del
«ascenso social». Las «mareas» de sanidad y educación son un ejemplo
entre varios más.
La visión de la ideología como conjunto de opiniones e ideas sobre la
realidad demostró en este momento su acierto y su límite. Lo primero
porque cientos de miles de personas oprimidas y enfadadas radicalizaron
parcialmente sus ideas sociopolíticas, democráticas, culturales, etc.,
su ideología en suma; pero lo segundo, su límite, porque no fueron más
allá, no profundizaron más allá de las meras ideas progresistas, no
llegaron a una praxis revolucionaria con objetivos históricos,
estrategia general y tácticas concretas, es decir, no dieron el salto de
la ideología progresista a la teoría revolucionaria. Y no lo dieron
porque de repente se les ofreció como salida a su rabia el camino más
fácil: el electoral desde una visión totalmente «nueva», no contaminada
por las corrupciones y ataduras del resto de alternativas electorales.
Esta salida fue
Podemos como años antes lo había sido el PSOE que surgió de la nada, salvando todas las distancias.
Sobre el magma del malestar social complejo apareció la propuesta
vertical, ambigua, polisémica, abstracta y de política-espectáculo,
televisiva, de
Podemos, la expresión más plena del concepto de
ideología como bloque de ideas, pero sólo de ideas que no de teorías. La
diferencia entre idea progresista y teoría revolucionaria radica en que
la primera se mueve en el ámbito de lo deliberadamente impreciso,
mientras que la segunda, la teoría revolucionaria, lo hace
deliberadamente en la radicalidad más concreta. Las ideas ambiguas son
cómodamente reducidas a eslóganes sencillos que se repiten en TV,
Internet, radios, prensa en general, pero la teoría requiere de esfuerzo
intelectual crítico realizado en colectivo y en base a métodos
democráticos-radicales de debate y contrastación. La idea progresista
reducida a eslogan reiterado, a frase hecha que sirve para responder a
cualquier pregunta, puede atraer a mucha gente cabreada e indignada pero
no puede ofrecer un objetivo histórico, una estrategia y una táctica
colectivas, sino grandes sueños imprecisos.
Peor aún, las ideas generales reducidas a tópicos, a muletillas
repetidas durante pocos segundos en programas televisivos pensados para
anular toda sistematicidad expositiva, hacer mucho ruido y aspaviento
que impida toda reflexión bajo luces multicolores que dirigen la
atención a la imagen y no al contenido, estas ideas huecas se rellenan
fácilmente con contenidos reformistas blandos como ya lo está haciendo
Podemos;
del mismo modo que el espectáculo de luz y sonido en tiempo real de
unas supuestas «votaciones democráticas» individualizadas en extremo con
el voto-electrónico, sirve para legitimar el verticalismo burocrático
previamente impuesto a la vez que anular todo debate interno riguroso y
serio.
La crisis que azota al capitalismo español ha terminado forzando una
primera y relativa toma de conciencia de amplias masas populares, como
no podía ser menos. Pero por ahora sólo relativo y primer paso en el
largo proceso de radicalización teóricamente asentada. Uno de los
mayores obstáculos a vencer no es otro que el de superar el subjetivismo
y la reducción del pensar a la simple amalgama de ideas generales;
dicho de otro modo, el movimiento ha de dar el paso a una crítica
radical del orden existente. Mientras no lo logre y tienda a estancarse
en la esperanza electoralista y parlamentarista, como parece que está ya
ocurriendo porque
Podemos no hace ningún llamamiento a la
movilización en la calle para reconquistar derechos y condiciones de
vida y trabajo destrozados por la represión, si así ocurriera se tendrá
que empezar de nuevo. No hace falta decir que uno de los problemas
decisivos a los que ya debe responder no sólo
Podemos sino el movimiento obrero y popular, la «gente», la «sociedad civil» como dice ambigua e interesadamente
Podemos,
es el de cómo acelerar desde el internacionalismo el proceso
independentista de las naciones oprimidas por su Estado, ese al que
apenas nunca citan y menos aún llaman por su nombre verdadero echando la
culpa de todo a una «casta» que nunca definen con un mínimo de rigor
teórico y político.
3.- LA TÁCTICA Y LA ESTRATEGIA. PROFUNDIZAR ESTOS CONCEPTOS PARA SABER ANALIZAR CORRECTAMENTE
Como hemos dicho, la segunda acepción de ideología que tiene el
marxismo es la de conciencia falsa, engañosa, invertida, siendo la
segunda porque a pesar de ser la más profunda, rica y radical, es decir,
la que llega a la raíz del problema, por ello mismo es la más difícil
de entender y practicar. Para responder a esta tercera pregunta esta
segunda acepción es bastante más efectiva que la primera, que dice que
la ideología es el conjunto de ideas, la concepción del mundo de una
clase, etc. Y la segunda es más conveniente porque nos alerta de la
trampa que se oculta en el interior de esta pregunta que ahora
contestamos, realizada al faltar en ella la cuestión clave, la de los
objetivos históricos: no se puede hablar de estrategia y de táctica si
previamente no se han definido los objetivos históricos.
Los objetivos son los fines últimos, las soluciones definitivas e
irreversibles para resolver los problemas que nos aplastan. Los que
fueren en cada situación concreta, problemas objetivos, reales,
materiales como el cierre de la fábrica, como el terror machista, como
el desempleo y el subempleo, la opresión nacional, etc., que nos
destrozan la felicidad y la alegría. La estrategia es el plan diseñado
para avanzar hacia esos objetivos, para resolver esos problemas de la
mejor forma posible, lo más rápidamente y con el menor dolor y daño
posible. Y la táctica son los medios puntuales, específicos, concretados
en cada situación y necesidad particular, que se emplean para
desarrollar la estrategia en vista a los objetivos necesarios. La
relación entre objetivo, estrategia y táctica se define más sucintamente
como relación entre los fines y los medios, dándose por sentado que la
estrategia es la que conecta los fines con los medios, y viceversa.
La cuestión crucial de la respuesta a la pregunta que ahora
contestamos radica en designar correctamente los fines y los objetivos
porque de ello dependerá la elaboración de la estrategia y de las
tácticas. Si necesitamos subir una dura montaña en un desierto desolado y
reseco, abrasador, haremos una estrategia y unas tácticas muy
diferentes a si tenemos que recorrer un sombreado y llano prado con
fuentes de agua. Si necesitamos hacer la revolución comunista
elaboraremos una estrategia para la toma del poder del Estado y desarme
de la burguesía, mediante tácticas diversas adecuadas a cada fase de la
lucha pero siempre dentro de la estrategia y con la mirada puesta en la
socialización de las fuerzas productivas. Esto que parece tan obvio sin
embargo ha sido «olvidado» o solemnemente rechazado por la «oposición de
Su Majestad».
Decimos que el problema verdadero a resolver radica en la fijación
del objetivo y del fin, y no tanto en la estrategia y en la táctica,
porque, como venimos insistiendo, el capitalismo oculta muy astutamente
su esencia explotadora interna e imprescindible para su supervivencia. A
diferencia de otros modos de producción en los que aparece totalmente
claro el papel de la violencia en la explotación de las clases
dominadas, en el capitalismo la violencia inherente de la explotación
asalariada es invisible por el efecto narcótico del fetichismo de la
mercancía, de la ideología de la libertad individual y del mito de la
igualdad de los ciudadanos, apareciendo la violencia opresora sólo
cuando han fracasado los otros medios de consenso, integración, control y
dominación que se aplican con tantas tácticas diferentes que no vamos
resumirlas aquí.
En el capitalismo, la violencia brutal y terrorista,
contrarrevolucionaria, va siendo aplicada progresivamente de manera cada
vez más salvaje y dura conforme la clase trabajadora pierde el miedo y
supera el engaño, avanza en su unidad, decisión y organización, y
concreta materialmente los objetivos por los que lucha mediante
programas reivindicativos aglutinadores, en la medida en que la clase
trabajadora desea, quiere y puede acabar con la propiedad privada,
socializándola; con la propiedad burguesa del Estado, tomándolo,
destruyendo muchas de sus burocracias y creando otro instrumento estatal
opuesto; y con la propiedad burguesa del Ejército, disolviéndolo y
armando al pueblo. Como vemos, ya en la fijación de los objetivos
aparecen desarrolladas las estrategias y las tácticas para llegar a
ellos y para asegurar su continuidad en el tiempo. Pero aún así, aquí
hemos tocado sólo una parte del problema, la de la violencia
contrarrevolucionaria, citando rápidamente el problema decisivo, y por
tanto el objetivo decisivo: a la vez que se socializan las fuerzas
productivas y la propiedad burguesa, se avanza rápidamente a la
extinción del trabajo explotado, asalariado, aumentando lo más posible
el tiempo verdaderamente libre teniendo en cuenta que siempre quedará
una cantidad de tiempo de trabajo necesario socialmente, pero no
explotador. La extinción del salario supone la extinción de la
mercancía, del valor de cambio y de la ley valor, entrando la sociedad
en una civilización totalmente diferente, la comunista.
La humanidad explotada necesitó de bastante tiempo para descubrir
teóricamente qué era el capitalismo y cómo acabar con él. Muchas utopías
rebeldes, milenaristas e igualitaristas, todo el radicalismo popular de
las revoluciones burguesas masacrado luego por la burguesía victoriosa,
el socialismo utópico en cualquiera de sus expresiones, semejante
esfuerzo colectivo fue necesario para sentar las bases del marxismo, del
descubrimiento del concepto de trabajo abstracto, de la ley del valor,
de la plusvalía, de la dictadura del proletariado, etc. Una vez
descubiertos se pudo avanzar con cautela a la fijación práctica de los
objetivos elementales, y únicamente gracias a la experiencia práctica de
las masas mediante luchas revolucionarias, nunca antes: 1789, 1830,
1848, 1871, 1905, 1910, 1917, 1949, 1959, 1972, 1975, 1998, son algunas
fechas en este proceso de victorias y derrotas que han ido llenando de
contenido los objetivos históricos comunes y elementales, mediante
diversas estrategias y tácticas adecuadas a cada fase histórica del
capitalismo y a las necesidades concretas de las naciones trabajadoras
que los han realizado.
En cada uno de estos pasos el subjetivismo, el sentido común, la
lógica formal, y la ideología dominante, la burguesa y su corriente
pequeño burguesa, han sido poderosos frenos que la humanidad explotada
ha tenido que superar; también la primera acepción de ideología que
tiene el marxismo, la de concepción del mundo, ha supuesto en su momento
un freno relativo no antagónico que se ha superado con la experiencia
práctica sintetizada en la teoría que ha superado las anquilosadas
concepciones de la realidad que tenía la izquierda envejecida.
3.1.- INTERACCION ENTRE ESTRATEGIA Y TÁCTICA
Dicho lo anterior, podemos ya decir cinco cosas sobre las relaciones
entre estrategia y táctica: una es que se condicionan mutuamente, es
decir, que no se puede aplicar durante mucho tiempo una táctica que
contradiga a la estrategia porque dependiendo de los casos, esa mala
táctica termina arruinando la estrategia, ejemplo: la lucha contra el
sistema patriarco-burgués exige la estrategia de la unión de fuerzas
mediante la conquista de derechos elementales y básicos como el derecho
al trabajo e igualdad salarial, derechos sexuales y amorosos, derecho al
aborto, derecho de autodefensa, derechos culturales, sociales y
democráticos, derecho al divorcio y separación unilateral, etc., que al
conquistarse aumentan la autoconfianza y conciencia feminista de la
mujer trabajadora. Pero si las tácticas empleadas empiezan a restringir o
limitar su divulgación, organización y movilización sistemática por
oportunismos, miedos o debilidades, entonces la estrategia empezará a
hacer aguas, y otro tanto sucederá si del oportunismo reformista se pasa
al sectarismo ultrarradical que impide la necesaria flexibilidad
incluyente e integradora, y la necesaria concienciación mediante la
práctica colectiva. Con ambos errores se resiente la estrategia, que
fracasará. Pero también sucede a la inversa: si la estrategia no tiene
en cuenta la situación objetiva de la conciencia media de la mujer
trabajadora, y la fuerza fanática del patriarcado, si es subjetivista y
no objetivista, entonces ninguna táctica acertada rendirá frutos.
La segunda, las tácticas han de prefigurar de algún modo el objetivo
por el que luchan, mostrándolo mediante la explicación paciente de la
estrategia y de las reivindicaciones que desarrollan. Cualquier lucha
popular, estudiantil, obrera, vecinal, la que fuere, ha relacionar de la
manera más pedagógica y directa posible lo que reivindica en ese
momento preciso con el objetivo a largo alcance que ilumina su caminar.
La recuperación de un campo, local, parque, escuela o fábrica abandonada
por parte del colectivo afectado debe superar la inmediatez urgente en
sí misma para conectar con el proceso general de avance a la
socialización de la propiedad privada y de las fuerzas productivas.
Cualquier lucha táctica ha de reflejar y representar de algún modo los
objetivos que le dan sentido. Lograrlo exige de una formación teórica y
política que va más allá de la simple «lucha ideológica» porque debe
argumentarse con seriedad histórica y con anclajes en el presente.
En este sentido, la tarea por realizar es inmensa porque se ha
producido un gran retroceso en la tradición revolucionaria de conectar
el medio con el fin, la táctica con el objetivo mediante la estrategia. Y
gran parte de la responsabilidad radica en que se ha abandonado el
objetivo en sí mismo, lo que hace que muchas reivindicaciones tácticas
estén exclusivamente ceñidas a la solución de los problemas presentes,
disolviéndose la organización popular y la reivindicación, con sus
lecciones positivas, una vez logrado el objetivo concreto, si es que se
ha logrado. Si ha fracasado, una derrota más multiplicará la sensación
de inutilidad de toda lucha al no existir ni una estrategia que estudie
las razones del fracaso ni una organización que realice todo ese
esfuerzo ingente pero imprescindible.
La tercera, si bien cada táctica concreta ha de prefigurar el
objetivo particular en un futuro, todas ellas han de prefigurar los
objetivos históricos en general desde esa estrategia revolucionaria
centralizadora y dirigente. Más en concreto, se trata del problema de
las pequeñas conquistas reformistas-radicales insertas en una política
revolucionaria nítidamente orientada a la revolución; dicho de otro
modo: desde la estrategia revolucionaria general, la pequeña táctica
particular puede incluso avanzar más allá de la simple prefiguración del
objetivo futuro en su campo de intervención –sanidad pública en un
barrio obrero, leyes contra el terrorismo patronal en forma de
«accidentes de trabajo», lucha en defensa del tejido vecinal y contra
los hipermercados y grandes espacios mercantiles, transporte público
barato y de calidad y restricciones al uso del tráfico privado, aumento
salarial y reducción de las horas extras, y un largo etc.–, para pasar a
ser parte de una estrategia revolucionaria global en la que la táctica
no es sólo la prefiguración del futuro concreto, sino también del futuro
general en sí mismo. La victoria táctica como muestra de la vida
revolucionaria emancipada posterior.
La cuarta trata sobre la autonomía que han de tener los cuadros
militantes para aplicar las tácticas con la suficiente libertad como
para que sea efectiva. Los objetivos y la estrategia que dirigen la
táctica no pueden ser introducidos a golpes, dogmáticamente, en la
compleja y variada realidad social, con sus diversidades, ritmos y
características específicas tan acusadas. La efectividad de una
estrategia depende en grado sumo de la libertad responsable y de la
capacidad práctica de la militancia para saber adaptarla de lo general a
los cambios múltiples de lo particular, moldeando la táctica a las
necesidades de su entorno y no a la inversa. Sin esta adaptabilidad
creativa e imaginativa de la militancia en el momento de llevar el
programa único a las realidades dispares, la estrategia y ese programa
se precipitan al fracaso. Del mismo modo, la organización ha de estar
preparada para recibir, calibrar e introducir en las tácticas en la
medida de lo necesario las mejoras e innovaciones propuestas por la
militancia que conoce mejor que nadie la realidad en la que milita.
Y la quinta es que una estrategia debe cambiarse por otra sólo cuando
se haya demostrado su ineficacia porque la burguesía ha encontrado los
antídotos que anulan la estrategia mantenida hasta entonces. Pero el
cambio de estrategia corre el riesgo de terminar en un fracaso o
semifracaso si no se realiza convenientemente, es decir, con la
participación de las fundamentales fuerzas revolucionarias, de la amplia
mayoría de la militancia tras un proceso de debate lo más democrático
posible en las condiciones dadas. Abundan los casos en los que el
«cambio de estrategia» es una escusa para girar al reformismo, depurar
más o menos descaradamente a los sectores revolucionarios y revisar
negativamente el pasado de lucha para fabricar una justificación que sea
aceptable por el poder capitalista.
4.- ¿FRENTE POPULAR? ¿UNIDAD POPULAR? ¿EN QUÉ SE PARECEN Y EN QUÉ SE DIFERENCIAN?
Esta cuarta y última pregunta nos sirve para comprender mejor las
relaciones entre el objetivo histórico, la estrategia y las tácticas. El
Frente Popular fue una estrategia que la Internacional Comunista
desarrolló después de otras anteriores, como la del Frente Único, la de
Clase contra Clase, etc., como veremos. Antes de seguir, debemos evitar
caer en la adoración de los nombres dados a las estrategias,
descontextualizadas de su época y de los problemas a los que se
enfrentaban. Todavía existe en las izquierdas de todo pelaje un mayor o
menor apego hacia la visión sectaria y unilateral del pasado: bueno o
malo, blanco o negro, una forma subjetivista y dogmática de partir la
realidad objetiva compleja y polifacética, multicolor, en dos bloques
pétreos e inmóviles enfrentados entre sí por toda la eternidad.
Sin mayores pretensiones de exhaustividad: uno de los primeros
debates sobre estrategia revolucionaria a nivel internacional fue el que
tuvo lugar inmediatamente después de la feroz derrota de la revolución
de 1848, con los análisis de Marx y Engels de 1850 sobre qué relaciones
debía mantener el movimiento obrero con la pequeña burguesía
democrático-radical. A partir de aquí en mayor o menor medida todos los
debates en la izquierda han tenido un contenido estratégico directo o
indirecto porque, por su propia naturaleza, cualquier debate sobre
política táctica local afecta de un modo u otro a la estrategia
política. Viviendo Marx y Engels sucedió así en los debates sobre la I y
II Internacionales, sobre la cuestión nacional, sobre el colonialismo,
sobre los Programas de Gotha en 1875 y de Erfurt en 1891, sobre si la
ilegalizada socialdemocracia alemana debía renunciar al derecho a la
revolución y aceptar el pacifismo como único método estratégico de
avance al socialismo como le exigía el Estado alemán para ser de nuevo
legalizada.
En la II Internacional posterior a la muerte de Engels en 1895 se
libraron sucesivos debates que cada vez impactaban más sobre cuestiones
estratégicas debido a los cambios en el capitalismo, que pasaba de su
fase colonialista a su fase imperialista y que, por tanto, generaba
internamente las contradicciones que estallaron en 1914. Hay que decir
que muchas veces las líneas estratégicas que más tarde se debatirían
intensamente venían ya condicionadas de algún modo por previos debates
«menores» en su tiempo que sin embargo tenían carga teórica y política
suficiente como para abrir problemáticas de reflexión que luego serían
generales. Por ejemplo: los debates que el «joven» Lenin provocaba en
las específicas condiciones rusas de finales del siglo XIX y comienzos
del XX sobre la diferencia entre sociología y marxismo, sobre el
populismo, sobre el partido de vanguardia, sobre las relaciones entre la
minoritaria clase obrera y la muy mayoritaria clase campesina –o sea,
el debate siempre actual sobre el concepto bolchevique de hegemonía y
sus relaciones con los dos conceptos existentes en Gramsci, y con la
versión reformista de hegemonía de la sociedad civil–, estas discusiones
se retomarían más adelante en condiciones más agudas y tensas.
Un debate internacional de hondo calado estratégico surgió a raíz de
la revolución de 1905 sobre el método de la huelga de masas dentro de
una perspectiva de revolución permanente, debate que desarrolló en
aquellas condiciones de 1905 las primeras tesis de Marx y Engels
realizadas en 1850. Otro debate también estratégico fue el de las
tácticas de la violencia revolucionaria a partir de las experiencias de
1905, y así una larga lista de discusiones que aparentemente eran
tácticas pero que incidían directamente en la estrategia socialista para
hacer frente, paralizar y derrotar a las fuerzas militaristas que
crecían y que buscaban el estallido de una devastadora guerra para
solucionar los problemas del capitalismo imperialista, como sucedió en
1914. Las discusiones en la II Internacional sobre el colonialismo y
sobre la guerra fueron de crucial importancia estratégica para su época y
para la historia posterior de la humanidad.
4.1.- INTERNACIONAL COMUNISTA Y FRENTE ÚNICO
La revolución bolchevique de 1917 abre un capítulo «nuevo» en este
proceso de permanentes discusiones táctico-estratégicas: la visión de
Lenin de la alianza con el campesinado bajo la hegemonía obrera, el
derecho de las naciones a la autodeterminación, la democracia socialista
y la dictadura del proletariado, la liberación de la mujer trabajadora,
la fase de «comunismo de guerra» previa a la NEP, la necesidad de la
revolución cultural, la política internacional del Estado soviético y
sus relaciones con los procesos revolucionarios, y por no alargarnos, la
creación de la Internacional Comunista o III Internacional en 1919 con
sus debates hasta elaborar la estrategia del Frente Único en verano de
1921 después del duro fracaso de la estrategia insurreccionalista de la
«teoría de la ofensiva» materializada en la llamada «Acción de Marzo» de
1921 fundamentalmente en Alemania.
La estrategia del Frente Único fue resultado de una severa
autocrítica en la IC ante la necesidad de generar potentes y unidas
fuerzas de lucha entre las grandes bases simpatizantes de la
socialdemocracia y sus sectores de izquierda, y las reducidas bases
comunistas, en un contexto de crisis demoledora y envalentonamiento de
las fuerzas paramilitares de extrema derecha apoyadas por la burguesía,
la derecha socialdemócrata y el Ejército. Se trataba de crear una
potente fuerza de masas que impidiera otra reacción militar como la que
asesinó a Rosa Luxemburgo, Karl Liebenecht y a varios miles de
revolucionarios en enero de 1919. La autocrítica de la IC consistía en
aprender que la insurrección de marzo de 1921 y que la derrota de enero
de 1919 tenían dos errores comunes: uno, creer que la lucha de clases en
la Alemania industrializada de entonces era idéntica a la de la Rusia
campesina de 1917, y otro, minusvalorar la importancia crucial de la
organización revolucionaria formada por militantes preparados, con
arraigo y legitimidad en el pueblo trabajador.
Conocer la realidad clasista del capitalismo industrializado como el
alemán, crear un partido revolucionario adecuado a esa realidad tan
distinta a la rusa, y estrechar lazos políticos conscientes con las más
amplias masas explotadas pero aún fieles al reformismo, estos tres eran
los retos decisivos a los que se enfrentó la estrategia del Frente
Único. La muy severa crisis socioeconómica alemana no activaba la
conciencia revolucionaria con la misma rapidez que lo había hecho en
Rusia por razones específicas del capitalismo industrial, en el que
existía una arraigada fuerza reformista, la socialdemocracia, que
mantenía su ascendencia social, política y emocional entre las clases
explotadas, entre otras cosas por el error de los comunistas alemanes en
retrasar su aparición pública efectiva como partido cualitativamente
diferente de la socialdemocracia. Un ejemplo de la compleja subjetividad
confusa de las clases trabajadoras cuando todavía no han tomado
conciencia política de-sí y para-si, lo encontramos en el hecho de que
la revolución bolchevique era admirada por la mayoría inmensa mientras
que, a la vez, seguían obedeciendo a la burocracia reformista.
Básicamente, fueron estas debilidades las que limitaron la
efectividad del Frente Único en aquellos años decisivos en los que se
jugaba la suerte del la revolución en Europa. La tardanza en crearse un
partido comunista alemán dificultó sobremanera la toma de conciencia
política del proletariado, dando tiempo a la burocracia reformista y a
la burguesía para reconducir la crisis hacia sus objetivos básicos:
afianzar la República democrático-burguesa autoritaria de Weimar tan
insegura en 1919 y que se sostuvo hasta suicidarse frente al nazismo en
1933. Mientras tanto, sus fuerzas armadas y la composición industrial
del capitalismo alemán, que los comunistas inexpertos apenas entendieron
por su subjetivismo dogmático obcecado en una interpretación formal de
la experiencia rusa, aplastaron una a una las intentonas
revolucionarias. Lo mismo sucedió en el resto de Europa.
4.2.- INTERNACIONAL COMUNISTA Y FRENTE POPULAR
Una cualidad del Frente Único consistía en su visión de la
complejidad de las fuerzas clasistas, sociales y políticas en el
capitalismo industrial de aquel entonces, huyendo de todo maniqueísmo
entre buenos y malos, pero aún así no tuvo tiempo para lograr que la
clase obrera en concreto y el pueblo trabajador en general superaran la
dependencia política reformista y adquirieran la conciencia teórica de
la necesidad de la toma del poder político, como se demostró en la
fracasada revolución de 1923. En noviembre de ese año, los comunistas
alemanes hablan por primera vez del socialfascismo, echando la culpa
exclusiva de la derrota a la socialdemocracia e iniciando el camino
desastroso hacia la estrategia de Clase contra Clase o del Tercer
Período desarrollada por la Internacional Comunista en 1928, según la
cual para derrotar al fascismo al alza había de derrotar primero a la
socialdemocracia. El fascismo era definido como una cosa pasajera, sin
futuro y de fácil derrota una vez que el movimiento revolucionario
hubiera acabado con la socialdemocracia.
No es este el sitio para hacer una crítica de tamaño error
estratégico cuyas consecuencias las padeció la humanidad hasta 1945 en
una primera fase, y las sigue sufriendo ahora de manera parcial e
indirecta. Lo cierto es que la tesis del socialfascismo es típicamente
subjetivista en el peor sentido de la acepción vista al comienzo de este
texto: en vez de hacer un estudio objetivo de la realidad social
capitalista del momento, con la necesaria autocrítica por la
superficialidad en los análisis, se echó la culpa al reformismo y en
menos medida al fascismo. Pero la Internacional Comunista corrigió un
error con otro, con el de girarse al lado opuesto, ahora mediante la
estrategia del Frente Popular decidida en 1935 consistente en buscar
alianzas con las llamadas «burguesías democráticas» para vencer al
fascismo, aun a costa de hacerle concesiones significativas. Un anuncio
de lo que sería el Frente Popular a partir de 1935 fue la política de
alianza estratégica de los comunistas chinos con la «burguesía nacional»
para expulsar a los japoneses: el PCCH cumplió las órdenes de Moscú de
aliarse con Chiang Kai-chek renunciando a toda política independiente de
clase, lo que le llevó a ponerse en manos de la «burguesía nacional»
que, llegado el momento en 1927, desencadenó una masacre inhumana en
ciudades industriales como Cantón, Shangai y otras, aniquilando al PCCH
hasta su raíz industrial, exterminio del que tardaría muchos años en
recuperarse.
El avance arrollador del nazifascismo, del militarismo y de las
fuerzas reaccionarias en general en grandes áreas europeas exigía un
estudio en profundidad del impacto de la crisis de 1929 en la clase
obrera del continente, y del comportamiento de sus diversas fuerzas
sociales y políticas, pero tal estudio no se realizó con objetividad
fundamentalmente porque en la URSS se libraba desde mediados de la
década de 1920 una dura pugna interna cuyos resultados son conocidos por
todos y todas. Fue la corriente victoriosa la que en 1935 impuso la
estrategia del Frente Popular gracias a su poder en la IC. La necesidad
de pactar con las «burguesías democráticas antifascistas» justificaba
cualquier concesión a sus intereses, como la exigencia hecha al Partido
Comunista de Indochina de que retirara su reivindicación de la
independencia de Francia, exigencia hecha a raíz del pacto entre la URSS
y Francia en 1936.
El Frente Popular francés llegó al gobierno en ese 1936 sin la
presencia del PCF, con una ligera mayoría parlamentaria y un programa
muy suave en lo socioeconómico y democrático. De inmediato se agudizó la
lucha de clases lo que obligó al gobierno a legalizar conquistas
sociales de gran calado pero sin tocar para nada las estructuras
capitalistas, la propiedad privada, el poder de clase en suma, que
siguió intacto en manos de la burguesía porque una cosa es el gobierno y
otra el Estado. Envalentonada, la burguesía contraatacó reduciendo las
conquistas, forzando al gobierno a tomar medidas procapitalistas,
desmoralizando a la clase obrera lo que aceleró el giro al centro del
Frente Popular que perdió las elecciones de 1938 a manos de una
coalición de derechas que, al poco, pactaría con los invasores nazis la
participación del Estado francés.
El Frente Popular español llegó al gobierno en febrero de 1936
también con poca ventaja parlamentaria, lo que azuzó la lucha de clases y
las reivindicaciones de las naciones oprimidas. El comportamiento del
Frente Popular ante los crecientes rumores e informes sobre la inminente
sublevación fascista –que se produjo en julio de 1936– fue muy débil e
indecisa; también puso muchas pegas para repartir armas al pueblo
antifascista, y sobre todo a partir de mayo de 1937 empezó a recomponer
decididamente el orden burgués en las fábricas y en la vida social,
reprimiendo a la izquierda revolucionaria y asesinando a varios de sus
dirigentes, así como a reforzar el nacionalismo español de «izquierdas».
Este giro dramático al centro desmoralizó a las clases y pueblos
explotados debilitando el esfuerzo de guerra frente a un ejército
fascista internacional armado hasta los dientes. Pese a todo, fue
heroica la resistencia las naciones y clases explotadas, que sólo
contaron con la ayuda condicionada de la URSS. La derrota definitiva se
produjo en 1939.
4.3.- KOMINFORM Y FRENTEPOPULISMO
En 1943, cuando la II GM giraba de bando gracias a la gigantesca
batalla de Kursk en la que el Ejército Rojo pulverizó a las fuerzas
acorazadas nazis, la URSS liquidaba la Internacional Comunista sin
consultar prácticamente a ninguna de las organizaciones y partidos que
la componían. Transcurrieron siete decisivos años en la lucha de clases
mundial sin una dirección revolucionaria internacional, hasta que en
1947 en respuesta al Plan Marshall la URSS creó la Kominform u Oficina
de Información de los Partidos Comunistas y Obreros, que fue disuelta en
1956, una vez que la URSS oficializó definitivamente la estrategia de
la «coexistencia pacífica entre capitalismo y socialismo».
La agudización extrema de las agresiones del imperialismo contra la
URSS y contra cualquier lucha obrera y popular, especialmente contra los
pueblos que buscaban su independencia nacional fuera de las garras
colonialistas e independentistas, esta realidad innegable que se
materializó en la creación de la OTAN y de otras estructuras
político-militares, presionaba cada vez más a una agotada URSS para
buscar alianzas con las burguesías dispuestas a debilitar de algún modo
el poder omnívoro de EEUU y sus aliados. Atraerse a esas burguesías era
fundamental, por un lado, y por otro también lo era apoyar y ayudar las
guerras de liberación nacional que debilitaran económica y militarmente
el imperialismo, pero nunca buscando una confrontación revolucionaria a
escala mundial.
Es así como se explica que, en aquél largo contexto mundial
equívocamente definido como «guerra fría», se llevasen a cabo prácticas
sostenidas de una estrategia frentepopulista en los hechos, aunque no en
el nombre oficial. Pero al igual que en China en 1925-27, y en los
Estados francés y español entre 1936-39, estas estrategias causaron
sistemáticamente la derrota política de la izquierda cuando no a su
debilitamiento por la represión o incluso a su exterminio sangriento. En
1953 el imperialismo derrocó mediante un golpe al presidente iraní
Mossadegh que había nacionalizado el petróleo, realizado reformas
sociales con el apoyo de la izquierda. En 1954 fue derrocado por el
imperialismo en presidente guatemalteco Arbenz que había realizado
reformas sociales en beneficio del pueblo. En la segunda mitad de la
década de 1950 Nasser comenzó a reprimir a la izquierda revolucionaria
que le había ayudado en la toma del poder, lo mismo que hizo Mohamed V
en Marruecos en esa época, y también Nehru en la India. En 1962 el
presidente argentino Frondizi fue derrocado por un golpe militar a pesar
del severo control que hacía el Ejército sobre su política
socioeconómica e internacional. En 1963 el presidente irakí Qasim fue
derrocado por un golpe militar dirigido por nasseristas para cortar de
cuajo el auge de los comunistas. El presidente indonesio Sukarno fue
echado del poder en 1965 por un golpe militar que tenía como objetivo
aplastar las reformas sociales y la creciente fuerza comunista.
Formalmente estas y otras experiencias no fueron calificadas de
Frente Popular pero sí tenían sus mismas características definitorias:
las izquierdas apoyaban a la llamada «burguesía nacional» para avanzar
en reformas sociales, proteger la economía del país de las presiones
imperialistas y asegurar la soberanía pero no pretendiendo ir más allá
de lo deseado por esa «burguesía nacional» lo que obligaba a la
izquierda a frenar al movimiento obrero y popular, a dejar en segundo o
tercer plano la defensa y exposición pública de sus objetivos históricos
para centrarse fundamentalmente en la justificación de la «alianza
interclasista» que, según los casos, podía ser meramente táctica,
táctico-estratégica o incluso estratégica. Al margen de las
justificaciones, este frentepopulismo exigía a la izquierda abandonar o
relegar la imprescindible independencia política de clase del pueblo y
su supeditación a los intereses de la burguesía. Por lo general, con
este frentepopulismo la clase dominante conseguía un vital tiempo de
recuperación y de reorganización para pasar luego a la ofensiva,
mientras que, por el lado del pueblo, tras la euforia inicial, comenzaba
la desorientación, la desilusión y la división. Así, llegado el momento
oportuno, la burguesía podía atacar con seguridad de victoria.
Una de las expresiones más trágicas del frentepopulismo fue la Unidad
Popular chilena que llevó a Allende al gobierno en el Chile de finales
de 1970 con una estrategia pacifista y no violenta de avance al
socialismo mediante la «hegemonía social» que convencería a la burguesía
«democrática» y arrinconaría a la «no democrática». Siguiendo esta
estrategia, Allende puso al general Pinochet al mando del ejército,
negoció a la baja con la burguesía, no quiso movilizar al pueblo de
forma radical cuando la extrema derecha boicoteaba la economía y se negó
a armar a las milicias populares que se formaban en las barriadas
empobrecidas cuando todo indicaba la proximidad del golpe dirigido por
Pinochet a las órdenes de los EEUU. La estrategia del «pacifismo civil»
costó varios miles de vida al pueblo aplastado en 1973.
Además de estas y otras experiencias frentepopulistas hay que hacer
referencia a la estrategia interclasista idéntica en el fondo en
cuestiones esenciales del eurocomunismo de los PC oficiales europeos de
la década de 1970: pacifismo, no-violencia, alianzas con la «burguesía
democrática» desde la estrategia de la «hegemonía de la sociedad civil»
que irá forzando a la «sociedad política» a ampliar la democracia, abrir
el Estado a la sociedad, democratizar las fuerzas armadas o
«trabajadores del orden», etc. La misma estrategia con nombres
diferentes pero con efectos devastadores en los Estados portugués,
español, francés e italiano, por citar casos en los que –con alguna
peculiaridad en Portugal- el eurocomunismo supeditó las necesidades
obreras y populares a las necesidades capitalistas: en los cuatro casos
la lucha obrera y popular no se ha recuperado aún, después de un tercio
de siglo, de aquella debacle. No tenemos ahora espacio para analizar con
el debido detalle las identidades y diferencias de estas estrategias
con las del Frente Amplio uruguayo, o, con otros nombres, en la Grecia
de Syriza o la de Sudáfrica con la sobreexplotación obrera que se
mantiene, etc.; o incluso las alianzas de varios partidos establecidas
en el Norte de Europa.
4.4.- OBJETIVO HISTORICO, REVOLUCIÓN O REFORMA
A estas alturas de la historia, el problema no radica tanto en el
nombre –Frente Único, Frente Popular, Unidad Popular, Frente Amplio,
etc.–, como en la independencia política del pueblo para avanzar hacia
los objetivos históricos con una estrategia y unas tácticas no
supeditadas a la burguesía pero capaz de atraer a la pequeña burguesía, a
las «clases medias» y a las franjas sociales menos concienciadas. El
problema radica en lograr y mantener la hegemonía política del trabajo
sobre y a costa de la dominación ideológica del capital. El debate en
las izquierdas sobre alianzas más o menos profundas con la pequeña
burguesía viene planteándose desde 1850 porque es consustancial al
devenir de la lucha de clases en el capitalismo, y más aún para el
devenir de las luchas de liberación nacional de clase de los pueblos
oprimidos. Durante estos muchos años se ha visto que es fundamental
precisar y distinguir las diferencias entre la hegemonía política de
clase del pueblo, y la simple «hegemonía de la sociedad civil» como dice
el reformismo. Dado que la política es la economía concentrada, la
hegemonía política del pueblo no es otra cosa que la dirección
estratégica que éste impone diariamente a la pequeña burguesía en pos
del objetivo histórico del socialismo; mientras que la ambigua y hueca
«hegemonía de la sociedad civil» es la expresión de los intereses
burgueses con la demagogia ideológica interclasista.
Para concluir: ¿cómo podemos diferenciar una estrategia y unas
tácticas revolucionarias de otras reformistas? Muy sencillo, mediante el
estudio de las constantes históricas que se repiten en las luchas,
victorias y derrotas de las clases y de los pueblos explotados desde
mediados del siglo XIX en adelante. Las sintetizamos en tres:
Una, la lucha contra la explotación asalariada, contra la dictadura
del salario, de la ley del valor y del valor de cambio, contra la
propiedad privada de los medios de producción, y no sólo las reformas en
pos de una «justicia social», «salario justo», «mejora de las
condiciones de vida y trabajo», etc. Estas segundas son imprescindibles
para aumentar la conciencia y capacidad de lucha del pueblo trabajador,
pero son siempre inseguras e insuficientes porque la clase dominante
hará lo imposible por aplastar esas y otras conquistas volviendo a la
situación anterior, o, si no puede, hará lo imposible por no permitir
ningún avance más, estabilizando la situación hasta que pueda pasar al
contraataque. Cada lucha popular y obrera por la mejora de las
condiciones de vida y trabajo debe ir acompañada y guiada por una
explicación pedagógica de que ese logro es sólo un paso adelante hacia
el socialismo. Si para no asustar a la pequeña burguesía se deja de
reivindicar el socialismo en la vida cotidiana, si se silencian los
objetivos históricos, ocurrida que más temprano que tarde la ideología
burguesa infectará la médula espinal de la izquierda. Y si para no
asustar a la burguesía se llega al extremo de abandonar conceptos y
principios básicos del la teoría revolucionaria como el de la necesidad
imperiosa de la socialización de las fuerzas productivas, empleando
otros reformistas como el de «reparto de la riqueza», entonces se
acelerará el viaje sin retorno al centro reformista.
Dos, la lucha contra el Estado burgués que no es sino la forma
política del capital, el aparato burocrático especializado en
centralizar estratégicamente los sistemas de explotación, opresión y
dominación en dirección al objetivo fundamental de garantizar la
acumulación ampliada del capital. Este y no otro son el objetivo, la
esencia y la base nuclear del Estado del capital. La burguesía jamás
olvida ni pierde de vista su único objetivo en la vida: reforzar su
poder, ampliar su ganancia y asegurar la pasividad obrera. La democracia
parlamentaria, el gobierno, muchos ministerios del Estado, etc., son
relativamente secundarios para sus objetivos, pudiendo ceder
transitoriamente su uso a la pequeña burguesía y al reformismo, pero
nunca al movimiento revolucionario. Creer que la burguesía va a tolerar
que le quiten su Estado y su ejército –formas políticas del capital, no
lo olvidemos nunca– por medios pacíficos, es puro subjetivismo idealista
que desprecia toda objetividad histórica. El reformismo no sólo oculta
la esencia objetiva del Estado, sino que niega el método objetivista
basado en el conocimiento de las leyes y contradicciones del
capitalismo.
Y tres, la lucha contra la ideología y el subjetivismo tal cual los
hemos definido arriba, que forman parte de la forma burguesa de
interpretar el mundo en base a sus necesidades de clase. El choque entre
dialéctica y metafísica, y materialismo e idealismo está hoy más
agudizado que nunca antes porque el capital está hoy enfrentado a una
crisis global como nunca antes lo ha estado. La política reformista
tiene un contenido metafísico e idealista que debe ser demolido mediante
la objetividad materialista y dialéctica de la unidad y lucha de
contrarios en el seno de esa materialidad en movimiento permanente.
Cualquier táctica, la misma estrategia y en especial los objetivos
históricos deben ser pensados y realizados en base a la lucha
teórico-política y ética permanente con el subjetivismo y la ideología
burguesa. Sin embargo eso no se hace; por el contrario la izquierda huye
espantada evitando la intransigente y radical confrontación diaria con
el idealismo y el subjetivismo, dejando así en manos de la dominación
ideológica burguesa decisivas áreas vivenciales y emotivas de las
naciones y clases explotadas.
Como se ha expuestos en otros textos, estas tres constantes básicas
ya elevadas al rango de síntesis teórica del antagonismo irreconciliable
entre trabajo y capital, son las que sustentan la naturaleza del
marxismo como teoría matriz que estructura dialécticamente todas las
críticas parciales, sectoriales, puntuales, que se hacen al capitalismo
desde sus diversas opresiones, explotaciones y dominaciones. El marxismo
como teoría matriz se sustenta en el hecho objetivo de que esa triple
característica se reitera en su esencia siempre que la lucha de clases
llega a un grado de agudización que pone en peligro los objetivos
últimos de la clase burguesa, cualesquiera que sean sus múltiples formas
específicas de manifestación. En este sentido, los objetivos históricos
representan lo común y obligado a toda luchas, las estrategias reflejan
con mayor variedad los planes de largo alcance diseñados para llegar a
estos objetivos, mientras que las tácticas, múltiples, variadas y
cambiantes según las necesidades, muestran la flexibilidad de la teoría
matriz para adaptarse a creciente complejidad objetiva.