
John
Cheever fue un escritor norteamericano empeñado en describir la
realidad cotidiana y urgar en la hipocresia humana, que nos brindó
historias desasosegantes sobre la sociedad capitalista que algunos
siguen empeñados en llamar "el sueño americano". En el cuento "La
navidad es triste para los pobres" el protagonista, un ascensorista en
un edificio residencial de Nueva York, trabajador obligado a pasar 8
horas cada día en una minúscula caja metálica que sube y baja de un piso
a otro, vive el contrate del desprecio cotidiano de los vecinos
burgueses con la benevolencia obligada de las fiestas navideñas que, en
el fondo, esconde, como la caridad, una sacralización de la jerarquía
social, una celebración del poder sobre los que están abajo en la escala
social, los trabajadores y los más pobres.
Cheever describe como nadie esa infelicidad latente en la clase media
americana en los tiempos de la guerra fria, la vida en los suburbios
residenciales que las películas de Hollywood nos cuentan como si fueran
nidos de felicidad, pero que son en realidad una forja de frustraciones
de donde sale una ardiente hipocresia y un elitismo que desprecia a
todos aquellos que están por debajo en la jerarquía social.
El
que fue conocido como "el Chejov americano" no hace más que describir,
con el realismo que también caracteríza al genio ruso, la olla a presión
que se vive en un régimen capitalista como el norteamericano, donde la
brutal competencia a la que se está obligado para sobrevivir hace que
cada cual se transforme en un depredador para el resto, mientras, por
otro lado, hay que respetar y aparentar ser un buen cristiano o un buen
ciudadano
en fechas simbólicas como la Navidad. En realidad, y
como consecuencia de la imposición ideológica del capitalismo
norteamericano en gran parte del mundo, por las buenas o por las malas,
no es más que idéntica situación a la que vivimos en nuestros paises
todos nosotros, en estas fechas de sonrisas forzadas, caridad hipócrita y
humanidad de quita y pon.
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"La Navidad es una época triste. La frase acudió a la mente de Charlie
un instante después de que el despertador hubo sonado, y le trajo otra
vez la depresión amorfa que lo había perseguido toda la tarde anterior.
Al otro lado de la ventana, el cielo estaba negro. Se sentó en la cama y
tiró de la cadenilla de la luz que colgaba delante de su nariz. «El día
de Navidad es el día más triste del año —pensó—. De todos los millones
de personas que viven en Nueva York, yo soy prácticamente el único que
tiene que levantarse en la fría oscuridad de las seis de la mañana el
día de Navidad; prácticamente el único».

Se vistió, y al bajar la escalera desde el piso superior de la pensión
donde vivía, sólo oyó unos ronquidos, para él groseros; las únicas luces
encendidas eran las que habían olvidado apagar. Desayunó en un puesto
ambulante que no cerraba en toda la noche, y, en un tren elevado, marchó
hacia la parte alta de la ciudad. Recorrió la Tercera Avenida hasta
desembocar en Sutton Place. El vecindario estaba a oscuras. Los
edificios levantaban, a ambos lados de las luces callejeras, muros de
ventanas negras. Millones y millones de personas dormían, y aquella
pérdida general de conciencia generaba una impresión de abandono, como
si la ciudad se hubiera desmoronado, como si aquel día fuese el fin del
tiempo. Charlie abrió las puertas de hierro y cristal del edificio de
apartamentos donde trabajaba como ascensorista desde hacía seis meses,
cruzó el elegante vestíbulo y entró en el vestidor de la parte trasera.
Se puso el chaleco de rayas con botones de latón, un falso fular, unos
pantalones con una franja azul cielo en lacostura, y una chaqueta. El
ascensorista de noche dormitaba en el banquillo dentro del ascensor.
Charlie lo despertó. El hombre le dijo con voz espesa que el portero de
día se había puesto enfermo y que no vendría. Enfermo el portero,
Charlie no dispondría de tiempo para almorzar, y muchísima gente le
pediría que saliera a buscar un taxi.
Charlie llevaba trabajando unos minutos cuando lo llamaron desde el piso
catorce. Era una tal señora Hewing, que —Charlie se había enterado por
casualidad— tenía fama de inmoral. La señora Hewing todavía no se había
acostado, y entró en el ascensor ataviada con un vestido largo bajo el
abrigo de pieles. La acompañaban dos perros de aspecto raro. Él la bajó y
miró cómo salía a la oscuridad de la calle y acercaba los perros al
bordillo. No estuvo fuera más de unos minutos. Volvió a entrar y él
subió con ella otra vez a la planta catorce. Al salir del ascensor, ella
dijo:
—Felices pascuas, Charlie.
—Bueno, para mí hoy no es precisamente un día festivo, señora Hewing
—repuso él—. Creo que las Navidades son las fechas más tristes del año. Y
no es porque la gente de esta casa no sea generosa, quiero decir,
recibo muchas propinas, pero ¿sabe usted?, vivo solo en un cuarto de
alquiler y no tengo familia ni amistades, o sea, que la Navidad no es
para mí una fiesta precisamente.
—Lo siento, Charlie —dijo la señora Hewing—. Yo tampoco tengo familia. Es bastante triste estar solo, ¿verdad?
Llamó a sus perros y entró tras ellos en su apartamento. Él volvió a bajar en el ascensor.
Todo estaba tranquilo, y Charlie encendió un cigarrillo. A aquella hora,
la calefacción del sótano acompasaba la respiración del edificio con su
vibración regular y profunda, y los tétricos ruidos de vapor caliente
que despedía la caldera empezaron a resonar primero en el vestíbulo y
después en cada uno de los dieciséis pisos. Aquel despertar puramente
mecánico no alivió la soledad ni el malhumor del ascensorista. La
oscuridad al otro lado de las puertas de cristal se había vuelto azul,
pero aquella luz azulada parecía carecer de origen; como surgida en
medio del aire. Era una luz lacrimosa, y a medida que iba invadiendo la
calle vacía, Charlie tuvo ganas de llorar. Entonces llegó un taxi y los
Walser se apearon, borrachos y vestidos con trajes de noche, y él los
subió al ático. Los Walser le hicieron reflexionar sobre la diferencia
entre su propia vida en un cuarto de pensión y la vida de la gente que
residía allí arriba. Era terrible.
Después empezaron a llamar los que madrugaban para ir a la iglesia, que
aquella mañana no fueron sino tres personas. Algunos más salieron hacia
la iglesia a las ocho en punto, pero la mayoría de los inquilinos
siguieron durmiendo, aun cuando el olor a beicon y café ya penetraba en
la caja del ascensor.
Poco después de las nueve, una niñera bajó con un niño. Tanto ella como
él exhibían un bronceado intenso: Charlie sabía que acababan de volver
de las Bermudas. Él nunca había estado en las Bermudas. Él, Charlie, era
un prisionero confinado ocho horas al día en una caja de dos metros por
dos y medio, a su vez confinada en un hueco de dieciséis pisos. En un
inmueble u otro, llevaba diez años ganándose la vida como ascensorista.
Según sus cálculos, el trayecto medio venía a tener unos doscientos
metros, y, cuando pensaba en los miles de kilómetros que había recorrido
sin moverse del sitio, cuando se imaginaba a sí mismo conduciendo el
ascensor a través de la bruma por encima del mar Caribe y posándose en
una playa de coral de las Bermudas, no atribuía a la naturaleza misma
del ascensor la estrechez de sus viajes: para él, los pasajeros eran los
culpables de su confinamiento, como si la presión que aquellas vidas
ejercían sobre la suya le hubiese cortado las alas.
En todo esto pensaba cuando llamaron los DePaul, que vivían en el piso nueve. Le desearon también una feliz Navidad.
—Bueno, son ustedes muy amables por pensar en mí —les dijo mientras
bajaban—, pero para mí no se trata de un día festivo. La Navidad es una
fecha triste cuando uno es pobre. Vivo solo en un cuarto de alquiler. No
tengo familia.
—¿Con quién va a comer hoy, Charlie? —preguntó la señora DePaul.
—No voy a tener comida navideña —dijo Charlie—. Nada más que un bocadillo.
—¡Oh, Charlie! —La señora DePaul era una mujer corpulenta, de corazón
vehemente, y la queja de Charlie cayó sobre su talante festivo como un
súbito chubasco—. Ojalá pudiéramos compartir con usted nuestra comida de
Navidad —dijo—. Yo soy de Vermont, ¿sabe?, y cuando era niña, ¿me
entiende?, solíamos invitar a mucha gente a nuestra mesa. El cartero,
¿sabe?, y el maestro, y cualquiera que no tuviese familia propia, ¿no?, y
ojalá pudiéramos compartir nuestra comida con usted, digo, como
entonces, y no veo por qué no podemos. No podremos sentarlo a nuestra
mesa porque no puede usted dejar el ascensor, ¿no es cierto?, pero en
cuanto mi marido trinche el pavo, le daré un timbrazo y prepararé una
bandeja para usted, ya verá, y quiero que usted suba y comparta, aunque
sea así, nuestra comida de Navidad.
Charlie les dio las gracias, sorprendido por tanta generosidad, pero se
preguntó si no olvidarían su promesa al llegar los parientes y amigos
del matrimonio.
Luego llamó la anciana señora Gadshill, y cuando ella le deseó felices fiestas, él bajó la cabeza.
—Para mí no es precisamente fiesta —repitió—. La Navidad es un día
triste para los pobres. No tengo familia, ¿sabe? Vivo solo en una
habitación de huéspedes.
—Yo tampoco tengo familia, Charlie —dijo la señora Gadshill. Habló con
deliberada amabilidad, pero su buen humor era forzado—. Es decir, hoy no
tendré conmigo a ninguno de mis chicos. Tengo tres hijos y siete
nietos, pero nadie encuentra manera de venir al este a pasar las
Navidades conmigo. Yo entiendo sus problemas, desde luego. Ya sé que es
difícil viajar con niños en vacaciones, aunque yo siempre me las
arreglaba cuando tenía su edad, pero la gente tiene distintas formas de
ver las cosas, y no podemos juzgarla por lo que no entendemos. Pero sé
cómo se siente, Charlie. Yo tampoco tengo familia. Estoy tan sola como
usted.
El discurso de la anciana no conmovió a Charlie. Sí, quizá estuviese
sola, pero tenía un ade diez habitaciones y tres criadas, y mucha,
muchísima pasta, y diamantes por todas partes, y había cantidad de niños
pobres en los suburbios que se darían sobradamente por satisfechos si
tuvieran ocasión de hacerse con la comida que su cocinera tiraba.
Entonces pensó en los niños pobres. Se sentó en una silla del vestíbulo y
se puso a pensar en ellos.

Ellos
se llevaban la peor parte. A partir de otoño comenzaba toda aquella
agitación a propósito de las Navidades y de que eran fechas dedicadas a
ellos. Después del Día de Acción de Gracias, no podían escaparse; estaba
establecido que no podían escaparse. Guirnaldas y adornos por todas
partes, campanas repicando, árboles en el parque, Santa Claus en cada
esquina y fotos en diarios y revistas, y en todas las paredes y las
ventanas de la ciudad les anunciaban que los niños buenos tendrían
cuanto quisieran. Aunque no supiesen leer, sabrían esto. Aunque fuesen
ciegos. Estaba en la atmósfera que los pobres críos respiraban. Cada vez
que salían de paseo, veían todos aquellos juguetes caros en los
escaparates; escribían cartas a Santa Claus, y sus padres y madres les
prometían echarlas al correo, y cuando los niños se habían ido a la
cama, las quemaban en la estufa. Y al llegar la mañana de Navidad, ¿cómo
explicarles, cómo decirles que Santa Claus sólo visitaba a los niños
ricos, que nada sabía de los niños buenos? ¿Cómo mirarlos a la cara,
cuando todo lo que uno podía regalarles era un globo o una piruleta?
Al volver a casa unas cuantas noches atrás, Charlie había visto a una
mujer y a una chiquilla que bajaban por la calle Cincuenta y Nueve. La
niña lloraba. Adivinó que estaba llorando, y supo que lloraba porque
había visto en los escaparates todos los juguetes de las tiendas y no
alcanzaba a comprender por qué ninguno era para ella. Imaginó que la
madre era sirvienta, o quizá camarera, y las vio camino de vuelta a una
habitación como la suya, con paredes verdes y sin calefacción, para
cenar una sopa de lata el día de Nochebuena. Y vio luego cómo la niña
colgaba en alguna parte sus raídos calcetines y se quedaba dormida, y
vio a la madre buscando en su bolso algo quemeter en los calcetines… El
timbre del piso once interrumpió su ensoñación.
Subió; el señor y la señora Fuller estaban esperando. Cuando le desearon feliz Navidad, él dijo:
—Bueno, para mí no es precisamente fiesta, señora Fuller. La Navidad es un día triste cuando uno es pobre.
—¿Tiene usted hijos, Charlie? —preguntó ella.
—Cuatro vivos —dijo él—. Dos en la tumba. —Se sintió abrumado por la majestad de su embuste—. Mi mujer está inválida —añadió.
—Qué triste, Charlie —lamentó la señora Fuller. Salió del ascensor
cuando llegaron a la planta baja, y dio media vuelta—. Voy a darle
algunos regalos para sus hijos, Charlie. Mi marido y yo vamos a hacer
una visita, pero cuando volvamos le daremos algo para sus niños.
Él le dio las gracias. Luego llamaron del cuarto piso, y subió a recoger a los Weston.
—No es que sea un día festivo para mí —les dijo cuando le desearon feliz
Navidad—. Es una fecha triste para los pobres. Ya ven, yo vivo solo en
una pensión.
—Pobre Charlie —dijo la señora Weston—. Sé exactamente cómo se siente.
Durante la guerra, cuando el señor Weston estaba lejos, yo pasé sola las
Navidades. No tuve comida navideña, ni árbol ni nada. Me preparé unos
huevos revueltos, me senté y me eché a llorar.
Su marido, que ya estaba en el vestíbulo, la llamó impacientemente.
—Sé exactamente cómo se siente usted —declaró la señora Weston.
Al mediodía, el olor de aves y caza había reemplazado al de beicon y
café en el recinto del ascensor, y la casa, como una gigantesca y
compleja granja, estaba ensimismada en la preparación de un festín
doméstico. Todos los niños y las niñeras habían vuelto del parque.
Abuelas y tías llegaban en enormes automóviles. La mayoría de la gente
que atravesó el vestíbulo llevaba paquetes envueltos en papel de colores
y lucía sus mejores pieles y sus ropas nuevas. Charlie siguió
quejándose ante casi todos los inquilinos cuando éstos le deseaban
felices pascuas, ya en su papel de solterón solitario, ya representando a
un pobre padre, según su talante, pero aquella efusión de melancolía y
la compasión que suscitaba no lograron mejorarle el ánimo.
A la una y media llamaron del piso nueve, y al subir encontró al señor
DePaul, que, de pie en la puerta de su piso, sostenía una coctelera y un
vaso.
—Un pequeño brindis navideño, Charlie —dijo, y le sirvió una copa.
Después apareció una sirvienta con una bandeja de platos cubiertos, y la
señora DePaul salió del cuarto de estar.
—Feliz Navidad, Charlie —le deseó—. Le dije a mi marido que trinchara
pronto el pavo para que usted pudiera probarlo, ¿sabe? No puse el postre
en la bandeja porque tuve miedo de que se derritiera, así que cuando
vayamos a tomarlo ya le avisaremos.
—Y ¿qué es una Navidad sin regalos? —dijo el señor DePaul, y sacó del
recibidor una caja grande y plana que colocó encima de los platos
cubiertos
—Ustedes hacen que este día me parezca un auténtico día de Navidad —dijo
Charlie. Las lágrimas le asomaban a los ojos—. Gracias, gracias.
—¡Feliz Navidad! ¡Felices pascuas! —exclamaron los otros, y vieron cómo Charlie se llevaba su comida y su regalo al ascensor.
Guardó ambas cosas en el vestidor cuando llegó abajo. En la bandeja
había un plato de sopa, un pescado con salsa y una ración de pavo. Sonó
otro timbre, pero antes de contestar abrió la caja que le habían
regalado y vio que contenía una bata. La generosidad de los DePaul y la
bebida que había ingerido empezaban a hacerle efecto, y subió lleno de
júbilo a la planta doce. La sirvienta de la señora Gadshill lo esperaba
en la puerta con una bandeja, y a su espalda estaba la anciana.
—¡Felices Navidades, Charlie! —le dijo. Él se lo agradeció y de nuevo le afluyeron las lágrimas.
Al bajar tomó un sorbo del vaso de jerez que había en la bandeja. La
aportación de la señora Gadshill era un plato combinado. Comiócon los
dedos la chuleta de cordero. Sonaba el timbre otra vez; se limpió la
cara con una servilleta de papel y subió a la planta once.
—Feliz Navidad, Charlie —dijo la señora Fuller, que estaba en la puerta
con los brazos llenos de paquetes envueltos en papel de regalo, como en
un anuncio comercial. El señor Fuller, a su lado, rodeaba con el brazo a
su mujer, y ambos parecían a punto de echarse a llorar.
—Aquí tiene algunas cosas para llevar a sus hijos —dijo el señor
Fuller—. Y esto es para su mujer, y esto otro para usted. Y si quiere
llevarlo todo al ascensor, dentro de un minuto le tendremos preparada su
comida.
Charlie llevó todos los obsequios al ascensor y regresó en busca de la bandeja.
—¡Felices pascuas, Charlie! —exclamó el matrimonio cuando él cerró la puerta.
Guardó la comida y los regalos en el vestidor y abrió el paquete que iba
a su nombre. Dentro había una cartera de piel de cocodrilo con las
iniciales del señor Fuller en la esquina. La bandeja contenía también
pavo; comió con los dedos un pedazo de carne y lo estaba regando con
bebida cuando sonó el timbre. Subió de nuevo. Esta vez eran los Weston.
—¡Feliz Navidad, Charlie! —le dijeron, y lo invitaron a un ponche de
huevo, le ofrecieron pavo y le entregaron un regalo. El presente era
también una bata.
Luego llamaron del siete, y él subió y le dieron más comida y más
obsequios. Sonó el timbre del catorce, y cuando llegó arriba vio en el
recibidor a la señora Hewing, vestida con una especie de salto de cama,
llevando un par de botas de montar en una mano y varias corbatas en la
otra. Había estado llorando y bebiendo.
—Felices fiestas, Charlie —le deseó tiernamente—. Quería regalarle algo,
he pensado en ello toda la mañana, he revuelto todo el apartamento y
éstas son las únicas cosas útiles para un hombre que he podido
encontrar. Es lo único que dejó el señor Brewer. Me figuro que las botas
no le sirven para nada, pero ¿por qué no se queda con las corbatas?
Charlie las aceptó, le dio las gracias y volvió precipitadamente al ascensor, porque el timbre había sonado ya tres veces.
Hacia las tres de la tarde, Charlie tenía catorce bandejas de comida
esparcidas por la mesa y por el suelo del vestidor, y los timbres
seguían sonando. Cuando empezaba a probar un plato, tenía que subir y
recoger otro, y en mitad del buey asado de los Parson tuvo que dejarlo
para ir a buscar el postre del matrimonio DePaul. Dejó cerrada la puerta
del vestidor, porque intuía que un acto de caridad era exclusivo y que a
cada uno de sus amigos le habría disgustado descubrir que no eran ellos
los únicos que trataban de aliviar su soledad. Había pavo, ganso,
pollo, faisán, pichón y urogallo. Había trucha y salmón, escalopes a la
crema, langosta, ostras, cangrejo, salmonete y almejas. Había pudín de
ciruela, bizcocho con frutas, crema batida, trozos de helado derretido,
tartas de varias capas, torten, éclairs y dos porciones de crema bávara.
Tenía batas, corbatas, gemelos, calcetines y pañuelos, y uno de los
inquilinos le había preguntado su talla y después le había regalado tres
camisas verdes. Había una tetera de cristal, llena —según rezaba la
etiqueta— de miel de jazmín, cuatro botellas de loción para después del
afeitado, varios sujetalibros de alabastro y una docena de cuchillos de
carne. La avalancha de caridad que Charlie había precipitado llenaba el
vestidor y a ratos lo hacía sentirse inseguro, como si hubiera abierto
un manantial del corazón femenino que fuese a enterrarlo vivo bajo una
montaña de comida y batas. No había hecho notables progresos en la
ingestión de los platos, porque todas las raciones eran anormalmente
grandes, como si los donantes hubieran pensado que la soledad genera un
apetito descomunal. Tampoco había abierto ninguno de los regalos para
sus hijos imaginarios, pero se había bebido todo lo que le habían dado, y
en derredor yacían los posos de martinis, manhattans, old-fashioneds,
cócteles de champán con zumo de frambuesas, ponches, bronxes y sidecars.
Le ardía la cara. Amaba al mundo y el mundo lo amaba a él. Alrecordar su
vida, la veía bajo una luz rica y maravillosa, rebosante de asombrosas
experiencias y amigos excepcionales. Pensó que su trabajo de
ascensorista —surcar de arriba abajo cientos de metros de peligroso
espacio— requería el nervio y el intelecto de un hombre-pájaro. Todas
las limitaciones de su vida, las paredes verdes de su habitación, los
meses de desempleo, se desvanecieron. Nadie pulsó el timbre, pero entró
en el ascensor y lo disparó a toda velocidad hasta el ático para
descender de nuevo y volver a subir otra vez, a fin de poner a prueba su
maravilloso dominio del espacio.
Sonó el timbre del doce mientras él viajaba, y se detuvo en el piso el
tiempo necesario para recoger a la señora Gadshill. Cuando la caja
inició el descenso, él soltó los mandos, en un paroxismo de júbilo, y
gritó:
—¡Ajústese el cinturón de seguridad, señora! ¡Vamos a hacer una acrobacia aérea!
La pasajera chilló. Después, por alguna razón, se sentó en el suelo del
ascensor. ¿Por qué la mujer estaba tan pálida?, se preguntó Charlie.
¿Por qué se había sentado en el suelo? Ella soltó otro chillido. Charlie
hizo que la caja se posase suavemente e incluso, a su juicio,
hábilmente, y abrió la puerta.
—Siento haberla asustado, señora Gadshill —dijo mansamente—. Estaba bromeando.
Ella gritó de nuevo. A continuación, salió al vestíbulo llamando a gritos al superintendente.
El superintendente del inmueble despidió en el acto a Charlie, y ocupó el puesto de éste en el
ascensor. La noticia de que se había quedado sin empleo escoció a
Charlie durante un minuto. Era su primer contacto del día con la
mezquindad humana. Se sentó en el vestidor y empezó a roer un
mondadientes. El efecto de las bebidas empezaba a abandonarlo, y aun
cuando no había cesado todavía, preveía una sobriedad fatal. El exceso
de comida y regalos comenzó a provocarle una sensación de culpabilidad y
desprecio por sí mismo. Lamentó largamente haber mentido con respecto a
sus imaginarios hijos. Era un solterón con necesidades bastante
elementales. Había abusado de la bondad de los inquilinos. Era
despreciable.

Entonces,
mientras desfilaba por su pensamiento una secuencia de ideas ebrias,
evocó la nítida silueta de su casera y de sus tres hijos flacuchos. Pudo
imaginárselos sentados en el sótano. La alegría de la Navidad no había
existido para ellos. La escena le llegó al alma. Darse cuenta de que él
se hallaba en condiciones de dar, de hacer dichoso al prójimo sin el
menor esfuerzo, le devolvió la sobriedad. Cogió un gran saco de
arpillera que se usaba para la recogida de basuras y empezó a llenarlo,
primero con sus propios regalos y luego con los obsequios para los niños
que no tenía. Procedió con la prisa de un hombre cuyo tren se acerca a
la estación, porque apenas era capaz de esperar el momento en que
aquellas largas caras se iluminasen cuando él cruzara la puerta. Se
cambió de ropa y, espoleado por una desconocida y prodigiosa sensación
de poderío, se echó el saco al hombro como un Santa Claus cualquiera,
salió por la puerta trasera y se dirigió en taxi a la zona baja del East
Side.
La patrona y sus hijos acababan de comerse el pavo que les había enviado
el Club Demócrata local, y estaban ahítos e incómodos cuando Charlie
empezó a aporrear la puerta y a gritar: «¡Feliz Navidad!» Arrastró el
saco tras él y derramó por el suelo los regalos de los niños. Había
muñecas y juguetes musicales, cubos, costureros, un traje de indio y un
telar, y tuvo la impresión de que, en efecto, como había esperado, su
llegada disipaba la melancolía reinante. Una vez abierta la mitad de los
regalos, dio un albornoz a la patrona y subió a su cuarto a examinar
las cosas con que le habían obsequiado.
Ahora bien, los hijos de la casera habían recibido tantos regalos antes
de que llegase Charlie que estaban confusos con aquella avalancha; la
patrona, guiada por una intuitiva comprensión de la naturaleza de la
caridad, les permitió abrir varios paquetes mientras Charlie estaba en
la habitación, pero luego se interpuso entre los niños y los obsequios
que quedaban sin abrir.
—Eh, chicos, ya tenéis bastante —dijo—. Ya habéis recibido vuestros
regalos. Mirad todas las cosas que os han dado. Fijaos, ni siquiera
habéis tenido tiempo de jugar con la mitad. Mary Anne, ni has mirado esa
muñeca que te dio el Cuerpo de Bomberos. Sería una hermosa acción coger
todo esto que sobra y llevarlo a esa pobre gente de Hudson Street: a
los Deckkers. No habrán tenido regalos.
Una aura beatífica iluminó la cara de la casera cuando advirtió que
podía dar, podía ser heraldo de alegría, mano salvadora en un caso de
mayor necesidad que el suyo, y, al igual que la señora DePaul y la
señora Weston, al igual que el propio Charlie y la señora Deckker, que a
su vez habría de pensar posteriormente en los pobres Shannon, se dejó
invadir primero por el amor, luego por la caridad y finalmente por una
sensación de poder.
—Vamos, niños, ayudadme a recoger todo esto. De prisa, vamos, de prisa
—dijo, porque ya había oscurecido y sabía que estamos obligados
mutuamente a una benevolencia dispendiosa un solo y único día, y que ese
día concreto estaba casi a punto de acabar. Estaba cansada, pero no
podía quedarse tranquila, no podía descansar",
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