La crisis capitalista que estalló en el año 2008 está transformando
el mundo con una radicalidad que sólo tiene parangón en los orígenes del
capitalismo.
"Somos la primera generación que
puede erradicar la pobreza". En el año 2005, en las campañas de
promoción de los Objetivos del Milenio, este eslogan expresaba, a costa
de olvidar la historia real de las luchas de las generaciones anteriores
y las razones por las que no consiguieron vencer, el optimismo
autosatisfecho con que se afrontaba entonces en los países del Norte la
erradicación de la pobreza del Sur. Porque era obvio que cuando se
hablaba de “pobreza” se hacía referencia a otros países y pueblos, los
del Sur global. Ocho años después, buena parte de esa “generación” está
más preocupada por librarse de la pobreza cercana que por erradicar la
lejana.
La crisis capitalista que estalló en el año 2008 está
transformando el mundo con una radicalidad que sólo tiene parangón en
los orígenes del capitalismo. Como diagnosticó Karl Polanyi en su
imprescindible La gran transformación: "El mecanismo que el móvil de la
ganancia puso en marcha únicamente puede ser comparado por sus efectos a
la más violenta de las explosiones de fervor religioso que haya
conocido la historia. En el espacio de una generación toda la tierra
habitada se vio sometida a su corrosiva influencia"/1. El triunfo del
neoliberalismo en los años ochenta del siglo pasado dio inicio a una
“segunda corrosión”, que arrasó las economías de los países del Sur con
los planes de ajuste estructural y comenzó una demolición sistemática
tanto de los sistemas públicos en los que estaba basado el Estado del
Bienestar como de los valores morales asociados a ellos.
Al
comienzo de la crisis financiera que hoy sufrimos, se hizo célebre una
frase del entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, llamando a
"refundar sobre bases éticas el capitalismo". Expresaba así los temores
de las élites hacia el rechazo social a un modelo económico desnudado
por la caída de Lehman Brothers y las tramas ocultas de la
financiarización que, en aquel momento, sólo empezaban a emerger.
Lamentablemente, esa contestación no llegó a alcanzar ni la fortaleza
necesaria ni una expresión política significativa en los países del
Centro, con la excepción de la organización Syriza en Grecia.
Una vez comprobada la debilidad del adversario, cambió radicalmente el
sentido de la “refundación”. "Claro que hay lucha de clases. Pero es mi
clase, la de los ricos, la que ha empezado esta lucha. Y vamos ganando".
El lema del multimillonario Warren Buffett, que como tantos otros
-George Soros en primer lugar- ejerce de filántropo en los ratos libres
con las migajas de sus actividades de especulación financiera, resume la
dinámica fundamental de la situación internacional:
ciertamente, asistimos a un intento de “refundación del capitalismo”,
pero no sobre “bases éticas”, sino sobre las bases de la lucha de clases
y por medio de la acumulación por desposesión -según la expresión de
David Harvey- de los bienes comunes y públicos, y de los derechos
sociales y las condiciones para una vida digna de la gran mayoría de la
población mundial/2. Las políticas de ajuste estructural de los ochenta y
noventa en el Sur imperan ahora en la Unión Europea con fundamentos
similares y nombres diversos: austeridad, disciplina fiscal, reformas,
externalizaciones.
Este es el marco general de la
“globalización de la pobreza” que es el tema del presente artículo.
Llamamos así a la lógica común que produce y reproduce el
empobrecimiento de las personas en todo el mundo, tanto en el Norte como
en el Sur. Pero es necesario analizar las diferencias en los procesos
políticos y económicos creadores de pobreza, en sus consecuencias
materiales en la vida de las clases trabajadoras y en las percepciones
sociales que se tienen de estos procesos. Mostraremos también el rol
que, desde los gobiernos de los países centrales y las instituciones
multilaterales, quiere asignarse al mercado y a las grandes empresas en
la erradicación de la pobreza, así como el papel residual que va a
cumplir la cooperación internacional para el desarrollo tras el estallido del crash global.
Somos conscientes de que las categorías, que utilizaremos
indistintamente, Norte/Sur o Centro/Periferia simplifican la realidad,
en general, y especialmente en lo que se refiere a la pobreza. Sin duda,
hay muchos “Sures”, e incluso dentro de un mismo continente hay una
enorme distancia política y social entre, por ejemplo, México y los
países de la Alianza Bolivariana para América (ALBA). En los límites de
este texto, trataremos de analizar por qué todavía pueden señalarse
excepciones a esta regla, que aún permiten establecer diferencias
significativas en el tratamiento que se da a la pobreza en los países
centrales y periféricos. Para ello, partiremos de datos fiables, entre
los que no está, por cierto, el Índice de Desarrollo Humano del PNUD,
que en el año 2011 situaba a Chipre en el muy honorable puesto 31 y con
tendencia ascendente; por tener una referencia, Venezuela ocupaba el
puesto 71 en la misma clasificación.
Entre la pobreza y las “clases medias”
Según una interpretación ampliamente difundida, la crisis capitalista
está siguiendo un curso paradójico que cuestiona los esquemas
tradicionales sobre la jerarquía Norte-Sur: mientras que las economías
del Centro, especialmente la de la Unión Europea, bordean o se hunden en
la recesión, las economías periféricas, sobre todo las de los países
llamados “emergentes”, mantienen año tras año altos niveles de
crecimiento, por encima del 5% del PIB. Una de las consecuencias de esta
asimetría es que la pobreza ha hecho su aparición en el Norte como un
problema político importante, con un gran impacto social, mientras que, a
la vez, parecería estar en retroceso en el Sur. Frecuentemente, se
asocia esta situación con el estado de las “clases medias”, nuevo mantra
sociológico que se ha convertido en el criterio de medida de numerosos
fenómenos sociopolíticos relevantes, desde la movilidad social a la
crisis de la democracia.
Hay en estos enfoques datos relevantes que dan cuenta de cambios profundos en la situación internacional:
por ejemplo, la relativa y desigual autonomización de los países del
Sur, bajo el liderazgo de aquellos que forman parte de los BRICS
-Brasil, India, China y Sudáfrica; no cabe incluir a Rusia desde ningún
punto de vista en la categoría “Sur”-, respecto a los “viejos”
imperialismos, EEUU y la UE/3. En lo que se refiere a la lucha contra la
pobreza, sin embargo, esta consideración del contexto internacional
es más que discutible. Empezaremos por el Sur, planteando dos tipos de
problemas: el primero, la valoración de los logros alcanzados en la
erradicación de la pobreza; el segundo, el uso y la manipulación de la
categoría “clases medias”.
Con la habitual afición de los
políticos del establishment a las cifras redondas, el secretario general
de Naciones Unidas ha contado los mil días que quedan para alcanzar los
Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y se ha mostrado
extraordinariamente satisfecho de los logros ya alcanzados. En especial,
porque en los últimos doce años "600 millones de personas han salido de
la pobreza extrema, lo que equivale al 50%". El cálculo es cuanto menos
engañoso: según el Banco Mundial, en 1990 el 43% de la población
mundial vivía con menos de 1,25 dólares al día, mientras en 2010 esta
cifra ha caído al 21%; esta es la reducción a la mitad a la que se
refiere Ban Ki-Moon. Pero no informa ni de las condiciones de extrema
pobreza que siguen existiendo cuando se supera la barrera de los 1,25
dólares de ingreso diario -más del 40% de la población mundial sobrevive
con menos de dos dólares al día-, ni de que cerca de 1.300 millones de
personas siguen viviendo por debajo de ese nivel. Al final, esa
reducción de la pobreza extrema se debe a los grandes países emergentes,
fundamentalmente a China, y no tiene nada que ver con las políticas y
proyectos inspirados en los ODM ni tampoco con la ortodoxia económica
imperante.
En la presentación de esta nueva campaña, que tuvo
lugar el pasado 2 de abril en la Universidad de Georgetown bajo la marca
de "Un mundo sin pobreza", el presidente del Banco Mundial, Jim Yong
Kim, afirmó: "Nos hallamos en un auspicioso momento histórico, en que se
combinan los éxitos de décadas pasadas con perspectivas económicas
mundiales cada vez más propicias para dar a los países en desarrollo una
oportunidad, la primera que jamás hayan tenido, de poner fin a la
pobreza extrema en el curso de una sola generación". No puede tomarse en
serio un proyecto que tiene como punto de partida una visión tan poco
consistente de la situación internacional, en la que por cierto no podía faltar la ya habitual coletilla generacional.
La ingeniería estadística sobre las “clases medias” merece una mayor
atención. Un reciente estudio publicado por el Banco Mundial/4 propone
un cambio importante en la caracterización y medición de la pobreza: lo
más significativo es el uso del concepto de "seguridad económica",
entendido como "baja probabilidad de volver a caer en la pobreza". De
ahí nace una nueva categoría, la población "vulnerable", una estación de
paso desde la pobreza hasta la entrada en la "nueva clase media",
formada por quienes han alcanzado la "seguridad económica" y
garantizarían la "estabilidad económica futura". La suma de pobres,
vulnerables y clase media supone el 98% de la población latinoamericana;
por tanto, la medida del éxito en la lucha contra la pobreza sería una
movilidad social ascendente hacia la clase media. Esto es lo que, según
los autores, está ocurriendo, ya que "la clase media en América Latina
creció y lo hizo de manera notable: de 100 millones de personas en 2000 a
unos 150 millones hacia el final de la última década". Nos estaríamos
acercando, siguiendo esa argumentación, a un continente de “clases
medias” que habría superado definitivamente el peso determinante de la
pobreza.
Aunque los criterios cuantitativos sean sólo unos de
los que deben ser tenidos en cuenta en el análisis de la pobreza, en
ocasiones son imprescindibles para concretar los términos del debate/5.
Si hacemos caso al Banco Mundial, se considera pobres a quienes tienen
ingresos inferiores a 4 dólares; estos vienen a representar el 30,5% de
la población latinoamericana. Las personas que tienen entre 4 y 10
dólares al día serían las “vulnerables”, el 37,5% de la ciudadanía de
América Latina. Por encima de los 10 hasta los 50 dólares de ingreso
diario estaría la “clase media”, el 30% de la población continental. Por
último, el 2% restante son los considerados “ricos”, que ingresan más
de 50 dólares al día. Tomando como referencia el salario mínimo
existente en Ecuador, unos 300 dólares mensuales, podemos comprobar, en
fin, que con un ingreso como este se tendría acceso a la “clase media”.
No parece, pues, que tal clasificación sea razonable: lo suyo sería
concluir que, al menos, el 68% de la población latinoamericana es pobre.
Y además, continuando con la referencia ecuatoriana, vemos que esa
“clase media” se compondría, en realidad, de trabajadores con ingresos
de entre uno y cinco veces el salario mínimo, es decir, quienes están
entre un frágil escalón por encima la pobreza y el nivel medio-alto de
la población asalariada.
Brasil aparece como uno de los
principales estandartes utilizados para justificar todo este proceso de
ascenso de las “clases medias”. Así, el Gobierno brasileño define como
clase media a quienes alcanzan un ingreso per cápita mensual de entre
291 y 1.019 reales,/6 de manera que el 54% de la población del país
pertenecería a esta supuesta “clase media”. En la última década, 30
millones de personas (el 15% de la población) habrían “salido de la
pobreza”, ya que pasaron a disponer cada mes de ingresos superiores a
250 reales. Teniendo en cuenta que en Brasil el salario mínimo es de 678
reales, esta “clase media” tendría unos ingresos que oscilarían entre
el 42% y el 150% de un salario mínimo. Con semejantes criterios, parece
fácil alardear de que Brasil sea ya un país de “clases medias”, unas
“clases medias” cuyos ingresos no permiten siquiera alcanzar una
cobertura digna de las necesidades básicas.
Es verdad que, para
evaluar esta cobertura, también hay que tener en cuenta otros factores;
sobre todo, la extensión y calidad de los servicios públicos al alcance
de los ciudadanos y, por tanto, el volumen de gasto social destinado a
ellos. Por eso es muy importante tener en cuenta que, en cuestiones
económicas básicas, Brasil, como la gran mayoría de los países del Sur,
se somete a la ortodoxia dominante: con nueve días del pago de la deuda
externa podría cubrirse todo el presupuesto del programa Bolsa Familia,
eje de la política asistencial y de la base electoral del partido
gobernante/7. Si podemos decir que con la crisis capitalista los
programas de ajuste estructural han viajado del Sur al Norte, los
fundamentos del Estado del Bienestar, por el contrario, no han hecho el
viaje desde el Norte hasta el Sur.
Dice David Harvey que "el
crecimiento económico beneficia siempre a los más ricos". Efectivamente,
ellos están siendo los principales beneficiarios del crecimiento en los
países del Sur, de ahí que el incremento del PIB se vea acompañado del
aumento sostenido de la desigualdad. La bonanza económica no está
produciendo un incremento de esas ficticias “clases medias”, sino de
millones de empleos precarios, con bajos ingresos, mínimos derechos
laborales y grandes carencias en servicios sociales. “Trabajos
brasileños” se les llama, precisamente, en algunos análisis sociológicos
con sentido crítico. Pero son mucho más habituales los enfoques afines a
las ideas del Banco Mundial, que en sus versiones más delirantes llegan
nada menos que a llamar “neoburguesía” a la “clase media”.
No
han terminado los procesos de empobrecimiento en el Sur, pero es cierto
que se han modificado. Sustancialmente, sólo en aquellos países -como
Venezuela- que están realizando un esfuerzo considerable más allá del
incremento de los ingresos de los trabajadores pobres, apostando por el
establecimiento de potentes redes públicas de educación, vivienda y
sanidad. Sin embargo, en la gran mayoría de los países, se ha pasado de
la extrema pobreza al empleo extremadamente precario, en un camino que
además tiene vuelta atrás. Si las frágiles expectativas de movilidad
social ascendente se quebraran, una posibilidad nada descartable dadas
las actuales perspectivas de la economía global, la situación en el Sur
tendería a parecerse más a las revoluciones árabes que a los ficticios
paraísos de la “clase media”.
Extensión y percepción social de la pobreza
En la Unión Europea, antes del estallido de la crisis financiera, 80
millones de personas -el 17% de la población- sobrevivían en la pobreza.
En el año 2010, la cifra había aumentado hasta los 115 millones de
personas (23,1%) y se estimaba que un número similar se encontraba "en
el filo de la navaja"/8. Pero, para entender la situación actual, hay
que considerar la etapa anterior al crash global. Porque si es
significativo y alarmante el crecimiento de la pobreza, también debía
haberlo sido que antes de 2008 la pobreza fuera ya una lacra masiva
tanto en la Unión Europea como en España, donde entre 2007 y 2010 pasó
de afectar a 10,8 millones de personas (23,1% de la ciudadanía) a 12,7
millones (25,5%).
La extensión de la pobreza es, sin duda, un
problema de primera magnitud. Creemos, sin embargo, que no explica por
sí sola que en cinco años la pobreza haya pasado de ser considerada por
la mayoría de la población europea como un problema marginal y ajeno,
“invisible”, cuyo control quedaba a cargo de las organizaciones
asistenciales y con mínimos subsidios públicos, a afectar a la situación
y los temores de esa mayoría de la ciudadanía que se consideraba
liberada para siempre de “caer en la pobreza”. Se afirma ahora que la
pobreza se ha hecho más intensa, más extensa y más cíclica. De estas
características hay que destacar la tercera, que indica una tendencia al
incremento de la pobreza sin “brotes verdes” en el horizonte,
estimulada por las políticas que se imponen implacablemente en la Unión
Europea, sin alternativas creíbles a medio plazo. La pobreza se ha hecho
“visible” en la UE no sólo porque haya más pobres, sino
fundamentalmente porque se ha masificado la conciencia del riesgo de
caer en la pobreza/9.
Diagnosticar el problema como una “crisis
de las clases medias” es una simplificación que no permite entender ni
las causas de la crisis actual ni las condiciones básicas para revertir
esa tendencia al empobrecimiento. También en los países del Norte este
es un concepto manipulable y fundamentalmente subjetivo: un mileurista
era hace unos pocos años el símbolo de la precariedad, hoy sería
considerado un miembro más de la “clase media”. Es más útil considerar
en su conjunto los elementos principales, bien conocidos, que han ido
produciendo la corrosión de la “seguridad social”, con minúscula,
característica fundamental del Estado del Bienestar: el paro masivo, de
larga duración y con subsidios decrecientes; el incremento de los
“trabajadores pobres” porque el trabajo precario y sometido al poder
patronal ya no asegura ingresos suficientes para una vida digna; los
recortes drásticos en el empleo en la administración y en los servicios
públicos, que amenazan al funcionariado; el riesgo de no poder hacer
frente a las deudas contraídas en la etapa anterior, que permitieron una
burbuja de alto consumo en las clases trabajadoras pese a la tendencia
generalizada a la caída de los salarios desde los años noventa; el
deterioro de la calidad de la sanidad y la educación, y el aumento de
los pagos a cargo de los usuarios que sirven para avanzar en su
privatización.
Todo este conjunto de medidas responde a una
lógica común que es el principio fundamental de la economía política
neoliberal: la reducción sistemática del coste directo e indirecto de la
fuerza de trabajo. En condiciones de relaciones de fuerzas muy
favorables para el capital, eso termina desgarrando las redes de
seguridad que constituían la base de estabilidad del sistema. Es aquí,
en la debilidad de las clases trabajadoras, incluso aquellas que
consideraban un logro garantizado el empleo estable de calidad, con
sanidad y enseñanza básica públicas y gratuitas y jubilación en
condiciones dignas, donde ha nacido el pánico a la pobreza y, al mismo
tiempo, la impotencia para hacerle frente. Y es que, a diferencia de la
situación en muchos países periféricos, donde con independencia de la
orientación política de los gobiernos se ponen en marcha políticas
focalizadas en la pobreza -habitualmente por razones de gestión de
conflictos y construcción de clientelas electorales, muy alejadas de la
idea de solidaridad-, en los países del Centro, y particularmente en la
UE, las políticas que se aplican siguen sometidas a la “regla de oro” de
privilegiar los intereses del capital sobre las necesidades de la
población, tratando la atención social a la población empobrecida como
un lastre y recortando sistemáticamente los fondos destinados a ella. En
este contexto, que el año 2010 haya sido etiquetado como el "Año
Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social" no deja de ser
un sarcasmo.
Desde los primeros estudios de los conflictos
sociales característicos de la sociedad capitalista, se ha considerado
un rasgo fundamental de la clase obrera la “inseguridad” en las
condiciones de vida. Cuando, gracias a las políticas propias del Estado
del Bienestar, pareció que esta característica desaparecía para una gran
parte de la población trabajadora, la categoría de “clase media”
cumplió la función de certificar esa nueva situación: "Hemos dejado de
ser clase trabajadora", vino a decirse entonces. El neoliberalismo
desarrolló con éxito "una demonización de la clase obrera", según la
expresión de Owen Jones en su excelente reportaje Chavs,/10 tratando a
esta como un grupo social en declive, cuyos ingresos no provienen del
trabajo sino de los subsidios públicos.
Generalizando la
inseguridad social y aproximando la amenaza de la pobreza, la crisis
está debilitando estas barreras ideológicas que fragmentaban el tejido
social de las clases trabajadoras. Pero no caerán si no se enfrentan a
alternativas que comprendan que sólo puede lucharse eficazmente por la
erradicación de la pobreza venciendo a quienes la producen.
Mercado y empresas para “luchar contra la pobreza”
"El capital, las ideas, las buenas prácticas y las soluciones se
extienden en todas direcciones"/11. Sumidos en una crisis económica,
ecológica y social como nunca antes había conocido el capitalismo
global, estamos asistiendo al final de la “globalización feliz” y a la
demolición de la belle époque del neoliberalismo/12. Pero las grandes
corporaciones y los think tanks empresariales insisten en no darse por
aludidos; lejos de cuestionar su responsabilidad en el actual colapso
del sistema socioeconómico y en la crisis civilizatoria, las empresas
transnacionales vuelven a presentarse como el motor fundamental del
desarrollo y la lucha contra la pobreza. Según el pensamiento
hegemónico, la gran empresa, el crecimiento económico y las fuerzas del
mercado han de ser los pilares básicos sobre los que sustentar las
actividades socioeconómicas de cara a combatir la pobreza. Eludiendo su
responsabilidad en el origen de la crisis sistémica que hoy sufrimos,
así como el hecho de que ellas están siendo precisamente las únicas
beneficiarias del crack, las grandes corporaciones nos proponen más de
lo mismo: que el fomento de la actividad empresarial, la iniciativa
privada y el emprendimiento innovador sean los argumentos fundamentales
para la “recuperación económica”.
Esta reorientación
empresarial consiste en aplicar, junto con una táctica defensiva basada
en el marketing, una estrategia ofensiva para pasar de la retórica de la
“responsabilidad social” a la concreción de la “ética de los negocios”
en la cuenta de resultados mediante toda una serie de técnicas
corporativas. Y su objetivo no es el de atajar las causas estructurales
que promueven las desigualdades sociales e imposibilitan las condiciones
para vivir dignamente a la mayoría de la población mundial, sino
gestionar y rentabilizar la pobreza de acuerdo a los criterios del
mercado: beneficio, rentabilidad, retorno de la inversión. Es lo que
hemos denominado pobreza 2.0 y constituye uno de los negocios en auge
del siglo XXI/13. En los países del Sur global, por un lado, eso se
traduce en el deseo del “sector privado” de incorporar a cientos de
millones de personas pobres a la sociedad de consumo; en el Norte, por
otro, significa la no exclusión del mercado de la mayoría de la
población, una cuestión central ante el creciente aumento de los niveles
de pobreza en las sociedades occidentales como consecuencia de las
medidas económicas que se están adoptando para “salir de la crisis”.
"Ya es hora de que las corporaciones multinacionales miren sus
estrategias de globalización a través de las nuevas gafas del
capitalismo inclusivo", escribían hace diez años los gurús neoliberales
que llamaban a las grandes empresas a poner sus ojos en el inmenso
mercado que forman las dos terceras partes de la humanidad que no son
“clase consumidora”. "Las compañías con los recursos y la persistencia
para competir en la base de la pirámide económica mundial tendrán como
recompensa crecimiento, beneficios y una incalculable contribución a la
humanidad", decían entonces/14. Hoy, las corporaciones transnacionales
han asumido plenamente esta doctrina empresarial y han puesto en marcha
una variada gama de estrategias, actividades y técnicas que tienen como
objetivo que las personas pobres que habitan en los países del Sur se
incorporen al mercado global mediante el consumo de los bienes,
servicios y productos de consumo que suministran estas mismas empresas.
“Responsabilidad social”, “negocios inclusivos” en “la base de la
pirámide”, “inclusión financiera”, “alfabetización tecnológica” y, en
definitiva, todas aquellas vías que permitan lograr el acceso a nuevos
nichos de mercado se justifican con el argumento de que van a contribuir
al “desarrollo” y la “inclusión” de las personas pobres. Pero, como
recalcó Evo Morales en la última Cumbre Unión Europea-CELAC, "cuando nos
sometemos al mercado hay problemas de pobreza; problemas económicos y
sociales, y la pobreza sigue creciendo".
Al mismo tiempo, en
los países centrales, donde también están aumentando los niveles de
pobreza y desigualdad, en vez de emplear los recursos públicos en
políticas económicas y sociales que pudieran poner freno a esa
situación, las instituciones que nos gobiernan no se han salido de la
ortodoxia neoliberal y han emprendido toda una serie de contrarreformas
que van a contribuir a aumentar el empobrecimiento de amplias capas de
la población. Y las grandes empresas, en este contexto, están
rediseñando sus estrategias para no perder cuota de mercado: "En Madrid,
Londres o París también hay favelas, aunque no se llamen así", sostiene
un experto brasileño en “la base de la pirámide”, "es un mercado
creciente que compone la nueva clase media con poder de consumo"/15.
[15] Gigantes como Unilever, por ejemplo, ya están pensando en trasladar
aquí estrategias que antes probaron que funcionaban en países del
Sur/16. Pero, aunque algunas multinacionales están viendo cómo aplicar
en Europa la lógica de los “negocios inclusivos”, la mayoría de las
grandes corporaciones ha optado por no innovar demasiado cuando lo que
se trata es de seguir incrementando los beneficios: la continuada
presión a la baja sobre los salarios/17 y la expansión de la cartera de
negocios a otros países y mercados han sido, hasta el momento, las vías
preferidas por las empresas para continuar con sus dinámicas de
crecimiento y acumulación.
La tendencia a considerar el
incremento del crecimiento económico como la única estrategia posible
para la erradicación de la pobreza se ha visto reforzada desde que
estalló la crisis financiera. Con el actual escenario de recesión, las
grandes corporaciones pretenden incrementar sus volúmenes de negocio y
ampliar sus operaciones en las regiones periféricas para así
contrarrestar la caída de las tasas de ganancia en Europa y EEUU. Por su
parte, los gobiernos de los países centrales abogan por un aumento de
las exportaciones y de la internacionalización
empresarial como forma de “salir de la crisis”. Según la doctrina
neoliberal, la expansión de los negocios de estas compañías a nuevos
países, sectores y mercados redundará en un incremento del PIB y, por
consiguiente, en una mejora de los indicadores socioeconómicos,
fundamentalmente en el aumento del empleo. «La única solución posible
para superar la crisis y volver a crear puestos de trabajo es recuperar
el crecimiento económico», resume el presidente de La Caixa, quien para
lograrlo propone «buscar nuevas fuentes de ingresos, diseñar nuevos
productos y abrir nuevos mercados»/18.
A pesar de que las
afirmaciones acerca de una correlación directa entre el crecimiento del
PIB y los avances en términos de desarrollo humano no resistirían ningún
análisis serio, la idea de que crecimiento económico es equivalente a
desarrollo se ha hecho dominante en el discurso de la “lucha contra la
pobreza”. De esta manera, las referencias al crecimiento de las
economías nacionales -cuantificadas exclusivamente a través del aumento
del PIB- como vía para la superación de la pobreza no solo forman parte
de toda la arquitectura discursiva de la agenda oficial de desarrollo,
sino que además se están pudiendo llevar a la práctica mediante la
asignación de medios y recursos públicos para las estrategias de fomento
de la actividad empresarial y de los “negocios inclusivos”. Esto es así
porque las principales agencias de cooperación y los gobiernos de los
países del Centro, así como los organismos multilaterales, las
instituciones financieras internacionales e incluso muchas ONGD, avalan este discurso y trabajan por incorporar al “sector privado” en sus estrategias de desarrollo.
De la cooperación internacional a la filantropía empresarial
La cooperación para el desarrollo, en tanto que política pública de solidaridad internacional,
difícilmente encuentra encaje en este marco. Y es que, en las
contrarreformas estructurales que se imponen en la actualidad, la
cooperación internacional no está
teniendo un destino diferente al del resto de los servicios públicos: la
privatización y la mercantilización. No puede decirse que en los
últimos años se haya provocado un cambio de rumbo en la senda emprendida
por los principales organismos y gobiernos que lideran el sistema de
cooperación internacional, sino más
bien lo contrario: en el marco de la búsqueda de alternativas
neoliberales para huir hacia delante con la actual situación, la crisis
ha llevado a que toda la renovada orientación estratégica de la
cooperación para el desarrollo se refuerce y cobre aún más sentido.
Por eso, estamos asistiendo a una profunda reestructuración de la arquitectura del sistema de ayuda internacional
con vistas a reformular el papel que han de jugar, tanto en el Norte
como en el Sur, los que se considera que son los principales actores
sociales -grandes corporaciones, Estados, organismos internacionales
y organizaciones de la sociedad civil- en las estrategias de “lucha
contra la pobreza”. La hoja de ruta para los próximos tiempos parece
clara: otorgar la máxima prioridad al crecimiento económico como
estrategia hegemónica de lucha contra la pobreza, considerar al sector
empresarial como agente de desarrollo en las líneas directrices de la
cooperación, reducir los ámbitos de intervención estatal a determinados
sectores poco conflictivos y limitar la participación de las
organizaciones sociales en las políticas de cooperación para el
desarrollo/19.
Ya no es posible "seguir exportando tanta
solidaridad", las "circunstancias han cambiado" y los compromisos contra
la pobreza han de reorientarse "hacia nuestro territorio". Eso afirmaba
el pasado mes de septiembre el consejero de Justicia y Bienestar Social
de la Generalitat Valenciana, Jorge Cabré, para justificar la decisión
de su Gobierno de poner fin a las políticas de cooperación internacional.
Es sólo un ejemplo de cómo, siguiendo una línea argumental similar,
tanto el Gobierno central como la mayoría de las administraciones
autonómicas y municipales del Estado español eliminaron o redujeron
drásticamente sus presupuestos para cooperación al desarrollo en 2012. Y
para este año, lejos de augurarse una recuperación -cierto es que
existen algunas excepciones a esta tendencia generalizada-, caminamos en
la misma dirección: como ha denunciado la Coordinadora de ONG para el
Desarrollo, a los 1.900 millones de euros que se recortaron el pasado
año se le sumarán este otros 300 millones más. Con todo ello, la Ayuda
Oficial al Desarrollo (AOD) española pasará a suponer solamente el 0,2%
de la renta nacional bruta, lo que nos retrotrae a niveles de principios
de los noventa. "Fue un error perseguir el 0,7%", dice ahora el
secretario de Estado de Cooperación y para Iberoamérica, Jesús Gracia,
renunciando así a la que desde hace dos décadas ha sido una de las
reivindicaciones fundamentales de las ONGD en el Estado español y que
los sucesivos ejecutivos se habían comprometido a cumplir firmando el
Pacto de Estado contra la Pobreza.
En los años ochenta y noventa, la cooperación internacional
contribuyó a apoyar el Consenso de Washington y las reformas
estructurales que posibilitaron la expansión global de las grandes
corporaciones que tienen su sede en los principales países donantes de
AOD. Hoy, la cooperación al desarrollo ya no cumple un papel fundamental
para la legitimación de la política exterior del país donante, como lo
venía haciendo hasta el comienzo de la crisis financiera. Aunque aún
puede seguir desempeñando un rol secundario en la proyección de imagen internacional,
su función esencial es la de asegurar los riesgos y acompañar a estas
empresas en su expansión global, así como contribuir a la apertura de
nuevos negocios y nichos de mercado con las personas pobres que habitan
en “la base de la pirámide”.
En el caso que nos toca más de
cerca, todo ello se articula en torno a la famosa marca España, un
proyecto para atraer capitales transnacionales a nuestro país -con
EuroVegas como modelo bandera- y fomentar la internacionalización
de las empresas españolas: en palabras de José Manuel García-Margallo,
ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, "los intereses de España
en el exterior son en gran medida intereses económicos y tienen a las
empresas como protagonistas". Esto se constata, sin ir más lejos, en el
presupuesto del ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación para este
año, en el que se observa que la partida de cooperación para el
desarrollo ha disminuido el 73% entre 2012 y 2013 mientras, en el mismo
periodo, han subido el 52% los fondos para la acción del Estado en el
exterior a través de sus embajadas y oficinas comerciales/20.
Nos hemos habituado a escuchar con frecuencia, en el discurso oficial,
una frase que se repite a modo de justificación: "Bastante tenemos con
la pobreza de aquí como para preocuparnos de la de otros sitios". Es
evidente que los últimos gobiernos españoles, tanto el actual como el
anterior, han incumplido una y otra vez sus compromisos sobre la
cooperación internacional y la lucha
contra la pobreza a nivel mundial/21. Y a la vez, no es verdad que, a
cambio, se estén destinando más fondos para afrontar la extensión de la
pobreza en nuestro país. Aquí y ahora, esa labor se está dejando en
manos de algunas ONG y de las grandes empresas, recuperando la obra
social, la caridad y la filantropía como forma de paliar las crecientes
desigualdades. Mientras crece la desigualdad a marchas forzadas -desde
2007, la diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre en España
ha subido un 30%-,/22 resurge con fuerza la filosofía del
“neoliberalismo compasivo”, basada en la idea de que pueden paliarse la
pobreza y el hambre aportando “lo que nos sobra”.
"Cada vez más
gente de la que imaginas necesita ayuda en nuestro país", decía Cruz
Roja en sus anuncios para el último "Día de la Banderita", poniendo el
foco en la pobreza “local”. "Cuenta conmigo contra la pobreza infantil",
ese era el lema de la pasada campaña navideña de La Caixa y Save the
Children, añadiendo lo de “infantil” para darle un toque adicional de
sentimentalismo. Y tenemos muchos más ejemplos de cómo las grandes
corporaciones están intentando reapropiarse de las buenas intenciones y
de la solidaridad de una ciudadanía cada vez más preocupada por el
incremento de la pobreza y el hambre: desde la filantropía de Amancio
Ortega, patrón de Inditex y tercer hombre más rico del planeta, que ha
donado 20 millones de euros a Cáritas (el 0,05% de su fortuna), hasta
los spots tipo "siente a un pobre a su mesa" que han publicitado
diferentes ONGD,/23 pasando por el auge de los bancos de alimentos, a
los que han anunciado donaciones grandes empresas como Mercadona o
Repsol. Hace años, la “solidaridad de mercado” se medía en base al
dinero recaudado en los telemaratones, hoy parece computarse a partir de
la cantidad de bolsas de comida que pueden donarse a las organizaciones
asistencialistas.
Repensando el modelo de desarrollo
"No es una crisis, es una estafa", gritan los manifestantes que
protestan por la privatización de la sanidad, la educación y el agua. Y
efectivamente, no hay otro nombre mejor para explicar el hecho de que
los grandes capitales privados estén saliendo reforzados de la crisis
mientras, por el contrario, la mayoría de mujeres y hombres van
perdiendo empleo y vivienda, sanidad y educación, pensiones y derechos
sociales conquistados en el último siglo. En este contexto, los cambios
sustanciales para luchar contra la pobreza sólo pueden darse
confrontando, en alianza con las organizaciones políticas y sindicales y
con los movimientos sociales emancipadores, a las reformas económicas y
los ajustes estructurales que cada día producen y reproducen un mayor
empobrecimiento.
Ante el desmantelamiento de la cooperación como política pública de solidaridad internacional,
la única forma de no perder ese sentido solidario que ha presidido las
actividades de muchas organizaciones españolas de cooperación internacional
en las dos últimas décadas es trabajar, aquí y ahora, en la formulación
y puesta en práctica de una agenda alternativa de desarrollo en la que
la cooperación solidaria se entienda como una relación social y política
igualitaria, articulada con las luchas y los movimientos sociales
emancipadores. No podemos pensar que vamos a aliviar la pobreza con lo
que nos sobra, hace falta otro programa político. Trabajando en la
construcción de alternativas solidarias que pueden contribuir a la
resistencia social frente a los procesos de empobrecimiento y, en un
futuro, a ganar fuerza para revertirlos, es decir, para cambiar de raíz
la economía política dominante, tutelada por la dictadura de la
ganancia. En eso estamos.
Texto publicado en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº 121, 2013, pp. 143-156
Miguel Romero es editor de la revista VIENTO SUR y Pedro Ramiro es
coordinador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL)
- Paz con Dignidad.
Ver en línea : PAPELES de relaciones ecosociales y cambio global, nº 121, 2013.
Notas:
1/K. Polanyi, La gran transformación, La Piqueta, Madrid, 1989, p. 66.
2/ D. Harvey ha desarrollado recientemente las modalidades de esta
acumulación, como puede verse en esta entrevista de E. Boulet al
geógrafo británico: «El neoliberalismo como “proyecto de clase”», Viento
Sur (web), 8 de abril de 2013.
3/ No es el tema central de este
artículo, pero dejemos claro que no hay nada que lamentar en esto que
podríamos llamar “desoccidentalización”, por más problemática que sea la
nueva relación de fuerzas a nivel global desde el punto de vista de los
intereses de las mayorías sociales.
4/ F. H. G. Ferreira, J.
Messina, J. Rigolini, L. F. López-Calva, M. A. Lugo y R. Vakis, La
movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América
Latina. Panorama general, Banco Mundial, Washington, 2013.
5/ Los
principales datos que aquí vamos a citar están tomados de J. L.
Berterretche, "Los tramposos delirios de los tecnócratas del Banco
Mundial", Viento Sur (web), 8 de abril de 2013.
6/ El tipo de cambio es de 1 real = 0,38 euros. El salario mínimo en Brasil es de 678 reales, por tanto, unos 257 euros.
7/ El 42% del presupuesto federal brasileño se destina al pago de la
deuda pública. Los presupuestos de educación y sanidad equivalen
solamente al 8% y 10%, respectivamente, de esta enorme sangría de los
fondos públicos.
8/ Así lo recogía el diario El País, 30 de marzo de 2013, pp. 4-5.
9/ Diferentes estudios alertan de ello: Intermón Oxfam, por ejemplo, en
Crisis, desigualdad y pobreza (Informe nº 32, 2012), pronostica que en
España pasaremos de tener 12,7 millones de pobres (27% de la población
total) en 2012 a 18 millones (38%) en 2022.
10/ O. Jones, Chavs. La demonización de la clase obrera, Capitán Swing, Madrid, 2012.
11/ Eso afirma el Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo
Sostenible (WBCSD, Visión 2050. Una nueva agenda para las empresas,
Fundación Entorno, 2010).
12/ R. Fernández Durán, La quiebra del
capitalismo global: 2000-2030. Preparándonos para el comienzo del
colapso de la civilización industrial, Libros en Acción, Virus y
Baladre, 2011.
13/ Hemos desarrollado ampliamente estas ideas en: M.
Romero y P. Ramiro, Pobreza 2.0. Empresas, estados y ONGD ante la
privatización de la cooperación al desarrollo, Icaria, Barcelona, 2012.
14/ C. K. Prahalad y S. L. Hart, "The fortune at the bottom of the pyramid", Strategy and Business, nº 26, 2002.
15/ "En Madrid hay favelas aunque no se llamen así", El País, 3 de septiembre de 2012.
16/ «En Indonesia, vendemos dosis individuales de champú a dos o tres
céntimos y aún así obtenemos un beneficio decente», afirma un ejecutivo
de la compañía en «La pobreza regresa a Europa», Público, 27 de agosto
de 2012.
17/ En este año, por primera vez los excedentes
empresariales (46,1%) han superado a las rentas salariales (44,2%) en el
cómputo del PIB español.
18/ I. Fainé, "Crecer para dirigir", El País, 2 de noviembre de 2011.
19/ G. Fernández, S. Piris y P. Ramiro, Cooperación internacional y movimientos sociales emancipadores: Bases para un encuentro necesario, Hegoa, Universidad del País Vasco, Bilbao, 2013.
20/ CONGDE, "Análisis y valoración de la Coordinadora de ONG para el
Desarrollo-España del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para
2013", 8 de octubre de 2012.
21/ Plataforma 2015 y más, "España
lidera la reducción de la Ayuda Oficial al Desarrollo y lleva la cifra
de cooperación a su mínimo histórico", 3 de abril de 2013.
22/ Cáritas, Desigualdad y derechos sociales. Análisis y perspectivas, Fundación Foessa, 2013.
23/
Acción contra el Hambre, por ejemplo, nos invitaba a dar un donativo
por cada “menú solidario” que consumiéramos en uno de los «Restaurantes
contra el hambre» que formaban parte de la campaña; en una línea
similar, Intermón Oxfam nos llamaba a sentarnos en su "Mesa para 7.000
millones".
Fuente: Viento SUR
www.argenpress.info/2013/07/la-otra-cara-de-la-globalizacion.html