30.09.2012
En Coro, el
presidente Hugo Chávez, candidato a la reelección, lo dejó por demás
claro: “No se trata de ganar. Se trata de ganar por nocaut el 7 de
octubre”, porque la derecha radical y extrema “siempre tiene planes
escondidos (…) Nosotros no solo estamos obligados a ganar las
elecciones, sino a ganarlas muy bien”, sin dejar dudas, subrayó.
A
menos de una semana de las elecciones, las encuestas ya no importan,
porque muchas de ellas van a mostrar un acercamiento “milagroso” del
candidato opositor, declararán un virtual “empate técnico” para que
pueda apalancar luego, como siempre, las eternas denuncias de fraude que
esconden la impotencia.
Sin dudas, la revolución
bolivariana necesita de un gran triunfo, para que no quede margen para
quienes tibia o calientemente, atea o religiosamente, rezan por la
restauración capitalista. Cabe recordar que cuando Chávez ascendió al
poder, en 1999, América Latina estaba al borde de ser recolonizada por
Estados Unidos y su Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA).
El
neoliberalismo campeaba por doquier, y el Fondo Monetario Internacional
y el Banco Mundial seguían expoliando nuestras riquezas y expropiando
nuestro futuro. América Latina es en la actualidad la región que con
decisión y creatividad busca nuevas arquitecturas, nuevos paradigmas
financieros, económicos y sociales, en la lucha por una alternativa al
capitalismo, y Venezuela ha sido y es su puntal más importante.
Alguna
vez hablamos de lo importante que fue para Venezuela convertir al
ciudadano en sujeto de política (y no solo objeto de ella), en el camino
de una democracia participativa, equitativa, justa, solidaria, en el
camino hacia esa utopía llamada Socialismo del Siglo 21. De la
importancia de empoderar a los pobres, para que todos tuvieran las
mismas oportunidades de vivir dignamente, estudiar, trabajar y
participar en la construcción de la nueva democracia.
Por eso,
la revolución bolivariana ha generado odio en la vieja clase política,
los grandes empresarios y/o gerentes de grandes empresas y las elites
acostumbradas a dilapidar todo el poder. Pero también generó
resentimiento entre una izquierda tradicional habituada a la
denunciología, el lloriqueo y la repetición de viejas consignas y
“verdades revolucionarias”, donde el ego y el individualismo se imponen a
la utopía y a las soluciones colectivas.
La crisis que
actualmente sufren los llamados países desarrollados -sostiene el
programa bolivariano- es consecuencia de los desequilibrios y
contradicciones intrínsecas al sistema capitalista. La voracidad por
acumular cada vez mayor riqueza está originando no sólo la destrucción
irreversible del medioambiente, sino la multiplicación de incontables
sufrimientos y penalidades sobre millones de seres humanos. Nunca antes
la Humanidad había padecido una desigualdad tan atroz. Unas pocas
personas y empresas monopolizan gigantescas fortunas creadas a través de
manipulaciones financieras y especulaciones desmedidas, a costa de la
miseria de la mayoría de la Humanidad, agrega la propuesta.
Del
otro lado, existen un programa formal de la Mesa de Unidad Democrática,
que seguramente no ha leído siquiera el candidato presidencial,
declaraciones contradictorias de Capriles Radonsky y un plan de
gobierno, denunciado por dirigentes opositores, que entregaría los
recursos naturales al extranjero y terminaría con los planes sociales
bolivarianos, entre otras joyas, seguramente exigidas por sus
propulsores y financistas trasnacionales. Volver al pasado que se quiere
olvidar y poco añoran.
La propuesta bolivariana se basa en
políticas sociales populares, inversiones públicas, igualdad de
oportunidades de acceso a la educación y al trabajo, redistribución de
la riqueza, nacionalizaciones, reforma agraria, acceso a la vivienda,
salud, educación, políticas que han eliminada el analfabetismo y
reducido en más de 20 puntos porcentuales la pobreza en apenas una
década.
Pero ya el empleo, el acceso a la comida, a la salud, a
disfrutar de una vejez más digna, y ahora a la vivienda, aparecen como
problemas resueltos o en vías de resolver para buena parte de la
población y otros requerimientos (que algunos pudieran calificar como de
clase media o pequeña burguesía) empiezan a ser considerados como
prioritarios, como la seguridad, la lucha contra la especulación, la
superación profesional y personal, los malos servicios públicos, mayor
eficiencia en los gobiernos estadales y municipales (que también es
reclamo de Chávez). Dicho en general, es el deseo de una mejor calidad
de vida.
Obama y Chávez
Una victoria
electoral del presidente estadounidense Barack Obama, y de Chávez
implicaría la derrota de la extrema derecha en ambos países, lo que
abriría la oportunidad de normalizar las relaciones de manera civilizada
sobre la base del respeto, señaló el propio mandatario venezolano.
Venezuela
ha sido la locomotora de esta nueva América Latina, y es algo que
Washington comprende demasiado bien. No basta con ganar, sino ganar por
nocaut, de modo aplastante, como dice Chávez. El gobierno chavista ha
impulsado militantemente la construcción de un proyecto regional que no
contempla la presencia de Estados Unidos.
No se trata de
dramatizar, sino de analizar escenarios. La preocupación en América
Latina es grande. De ganar el candidato de la derecha, el proceso de
involución está garantizado. La oposición no encuentra la hora de acabar
con todo lo que huele a Chávez y el proceso bolivariano, de terminar
con los procesos de integración latinoamericanos, del Mercosur al ALBA,
de Unasur a la CELAC, y su meta pareciera ser unirse a la Alianza del
Pacífico (conformado por Colombia, Chile, Perú y México) y firmar un
Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.
Hasta (o
desde) la Conferencia Episcopal apoya –eso sí, con eufemismos- la
estrategia subversiva de la oposición y sectores no democráticos podrían
intentar acciones desestabilizadoras, como disturbios en las cárceles,
ataques a recintos militares y aeropuertos, sabotajes al tendido
eléctrico.
Manuel Cabieses, director de la chilena Punto
Final, nos recuerda que todo es posible, cuando EE.UU., sus socios y
sirvientes se juegan la vida. Lo demostraron en Chile en 1973. Y mucho
más cerca, en Honduras y Paraguay.
Washington ha logrado el
milagro de que la derecha se presente unificada a los comicios –lo que
no significa que esa unidad sea sólida-, maquillada, con discurso
diferente, con amplia cobertura en los cartelizados medios nacionales y,
sobre todo, internaciónales.
Pero es la misma derecha, la
golpista, la que añora la dependencia, la de los gerentes genuflexos
ante las grandes transnacionales.
Es, también, para una derecha
que tiende a desaparecer en América Latina, la posibilidad de volver al
poder, y por eso todo el apoyo desde Holanda, Estados Unidos, España,
Colombia y Argentina, entre otros países, a la candidatura de Capriles
Radonsky: material, financiera, publicitaria, en defensa del gran
capital y de la inequidad social.
Futurología, o los escenarios posibles
Un
triunfo amplio de Chávez significaría un reimpulso a las políticas
sociales y a los esfuerzo de una integración plena, no solo económica
sino política y cultural, de la integración latinoamericana. Un mensaje
claro de que el camino propio tiene escollos pero también un derrotero, y
una derrota para los medios cartelizados de comunicación, venezolanos e
internacionales, que han estigmatizado de todas las formas posibles la
Revolución Bolivariana.
Ello no significa que la oposición
declame nuevamente “fraude” –un fantasma que hace su aparición en cada
intervención de la dirigencia opositora- e, incluso, su ala no electoral
intente acciones de sabotaje preinsurreccional. No se debe olvidar que
la dirección de derecha no reconoce explícitamente la autoridad del
Consejo Nacional Electoral (aun cuando participa de sus resoluciones).
De
todas formas, un amplio triunfo de Chávez no eliminaría la pugna
interna (¿de clases?), entre quienes quieren seguir avanzando en la
construcción del Socialismo del Siglo XXI, y aquellos –a los que algunos
llaman pequeños burgueses o economicistas- que no están demasiado
apurados por imponer un gobierno comunal.
Un triunfo de
Chávez por estrecho margen puede significar el debilitamiento del
gobierno, y puede estimular tanto un golpe como un pacto, y en ambos
casos la Revolución Bolivariana se veré relegada. Por eso, la
insistencia de Chávez de ganar por nocáut.
Muy pocos van a
votar por Chávez para defender la integración latinoamericana, aunque el
enfrentamiento real es entre dos proyectos diametralmente opuestos:
uno, el de independencia, soberanía, el de una democracia con
participación popular; otro, el de la mentalidad colonizada,
individualista, de la dependencia de los intereses foráneos, el de la
recomposición neoliberal, irreal y anticuado, como lo demuestra hoy la
crisis estructural del capitalismo.
Es triste la tarea de
hacer oposición a ultranza, que ha llevado a dirigentes y medios de
comunicación a acercarse o militar en la xenofobia. El caso más
destacable fue el que llevó a la estigmatizacón del gobierno brasileño,
aliado del de Chávez, con el invento sobre la masacre de 80 indios
yanomami, Estigmatizan todo y, lo peor, en el caso de las relaciones con
China, alcanzan al racismo.
Técnicamente, queda otro escenario: que gane Capriles.
Que dios nos agarre confesados, aun siendo ateos.