10.02.2013.
“Es la hora de los hornos y no se ha de ver más que luz” José Martí
El proceso electoral ad portas no puede analizarse correctamente
si no se parte de dos escenarios: la actual realidad geopolítica
latinoamericana, de la que Ecuador hace parte, y las nuevas formas de
injerencia de ‘la alianza transatlántica’ contra estos procesos. Por
ello es indudable advertir que el próximo vencedor de la contienda será
Rafael Correa, pero que las formas de “deshacerse” de la Revolución
Ciudadana que él lidera, no serán, en lo absoluto, ni democráticas ni
pacíficas.
Las tres “fallas de fábrica”
Los análisis hasta hoy publicados en el país o fuera de él, sobre el
proceso electoral que se avecina, llevan tres errores de entrada, y
esas
‘fallas de fábrica’ impiden a sus autores y públicos sostener una lectura adecuada de los nuevos tiempos, a la par que
efectuar una interpretación concreta del momento concreto que vivimos en el Ecuador.
1. Por un lado, insisten en separar/aislar nuestra realidad,
de la macro-realidad sudamericana, la que viene evidenciando no
solamente la configuración de un
‘bloque de poder regional’ ya
previsto desde el año 2004 hacia adelante; sino la consolidación
orgánica de nuevos Estados en ciernes, que ya no son ni serán los
estados nacionales neoliberales del ayer, trazando, entonces, más que
enfoques de escenarios probables, secretos deseos de que el proyecto
político iniciado en el 2006, y que representa Rafael Correa, sea
derrotado a mediano plazo, e, inclusive, a corto plazo. Una vez más, los
deseos no sirven como instrumento de análisis, y eso vale tanto para
los articulistas de los medios privados de comunicación de la región,
como para los analistas de los partidos políticos y movimientos sociales
de oposición.
2. Pero, además de aquella reducción localista que ancla exclusivamente en
“lo nacional” un
fenómeno que hacía rato es regional, la mayoría de los análisis
descuida, o descalifica, con diferentes sesgos según el signo ideológico
de cada autor, el proceso histórico previo que vivió el país entre los
años clave para entender el auge de la actual ola que lidera Rafael
Correa: es decir, el período político, social y cultural que, entre 1997
a 2005, modificó al Ecuador tradicional, y que es
el factor inexplicado que,
para nosotros, explica el por qué del éxito avasallador de la
Revolución Ciudadana y la no adhesión electoral de la mayoría de la
población a los partidos políticos y movimientos sociales de oposición.
Si las elites políticas, financieras y mediáticas y las izquierdas
ortodoxas no comprendieron qué pasaba bajo la epidermis popular cuando
asistíamos a los procesos que condujeron a la caída de Bucaram, y luego a
la de Mahuad; pero, sobre todo, si no entendieron qué sucedía con
nuestra cambiante sociedad cuando emergió la rebelión forajida y se
echaba del puesto a Lucio Gutiérrez, es obvio comprender que tampoco
entiendan, y se partan la cabeza preguntándose por qué desde el 2006 no
hay cambio de Presidente, y por qué el apoyo a Correa se mantiene
incólume, a pesar del tiempo transcurrido. Ese no entender, a mi manera
de ver, es lo que lleva de tumbo en tumbo a las elites, a las izquierdas
y movimientos sociales ortodoxos, y a los académicos e intelectuales
que no aciertan en el análisis local-nacional, porque tampoco han
logrado acertar, desde hace una década, en el análisis regional-global.
Ambos elementos, el contexto regional y el antecedente histórico
previo, son el telón de fondo que explica, aún siete años después, por
qué ahora nos avecinamos a una nueva victoria electoral y política de
Rafael Correa y de PAIS.
3. Finalmente, todos los análisis hasta hoy publicados, pecan
de un tercer vacío: no dan cuenta de las nuevas formas de injerencia
imperial de ‘la Alianza Transatlántica’ (EEUU y Unión Europea):
minimizan o caricaturizan tales injerencias, las niegan bajo el efecto
ideologizado de la errónea interpretación de lo ocurrido entre 1997 al
2005, que les llevó al craso error de apostar al golpe policial del 30
de Septiembre; o, finalmente, apuestan al éxito de esa injerencia,
debido a que, casa adentro, se sienten no competentes para derrotar el
proyecto político-social-cultural levantado a finales de la
administración del Dr. Alfredo Palacio.
Si esos análisis se desentienden del escenario de injerencia
transatlántica, empobreciendo incluso sus propias interpretaciones
políticas con la muletilla, nada leninista por cierto, de que el actual
proceso ecuatoriano de cambios “
es servil a los intereses del
imperialismo chino, del neo-imperialismo brasileño, o de las empresas
transnacionales de EEUU y Europa”; es obvio advertir que también
exoneran de existencia y culpa, a las nuevas formas que el poder
transatlántico aplica para “deshacerse” de la Revolución Ciudadana que
Rafael Correa lidera, y que, en este momento, no serán -en lo absoluto-
ni democráticas, ni pacíficas, ni legales; y, por supuesto, ni éticas.
Por ello, para profundizar en los significados de
‘los tres errores de fábrica’ en
los que, a la hora de interpretar insuficiente y erráticamente la
coyuntura presente, parecen competir sectores tan disímiles entre sí,
como Carlos Alberto Montaner y Francois Houtart, o ‘El País’ de España y
‘Prensa Obrera’ de Ecuador, empecemos por el principio: el escenario
global y el contexto regional.
El impensable escenario global: favorable al Ecuador
Ciertas fracciones de las elites aún consideran que el mundo puede
retornar a su cauce (nada) original y nostálgico del neoliberalismo a
ultranza. Por ello, hace algunos días escribe uno de sus voceros en “El
Comercio” que a la ‘desaparición’ de Chávez debería privatizarse PDVSA.
Es que para las elites lo que sucede en el Ecuador y una buena parte del
continente, es una pesadilla. Por eso, sin disimulo alguno, celebraron
que los golpes de Estado en Honduras y Paraguay ‘despertaran por fin’
una grieta en la pesadilla ‘populista’.
Empero, la realidad global se detecta con otros sismógrafos. En diciembre del 2008, previne que había concluido
la borrachera celebrada por el Pensamiento Único que -contra el Sur y su propio Sur- el Norte decretara, junto al
fin de la historia y la
muerte de las ideologías un 31 de diciembre de 1990.
La fase neoliberal del capitalismo, empezó a crujir hace una década
atrás, y esa ruptura se inició en Latinoamérica que no solo cuestionó
sino que empezó a superar la fase neoliberal extrema. Los selectos
invitados al ágape del Capitalismo del siglo XXI ni se imaginaban
siquiera que el neoliberalismo procrearía su propia destrucción y le
nacerían vigorosos
monstruos que se desarrollarían en la propia
nariz de la Globalización: los procesos de nuevo signo que América
Latina aportase al mundo entero, como contravía concreta a la fase de
barbarie en que entró el Capitalismo.
La Globalización apenas hace diez años no permitía la duda ni el
disenso: la herejía estaba prohibida. Por eso, precisamente, la obligó a
nacer y multiplicarse en su propia cara. Parió no solo su propia crisis
interna, sino la resistencia planetaria al neoliberalismo y su actual
caída en picada.
La diversidad, antigua como el planeta y contraria a la
Globalización, fue su negación. Por eso el dogma neoliberal estuvo
condenado a fracasar, porque fue condenado a gestar, en los márgenes del
Bienestar, hijos desobedientes que le nacieron tanto en las metrópolis
cuanto en los suburbios del mundo. La hora de los túneles pasó y muchos
de los disidentes ahora gobiernan, por lo menos en el Sur del Sur: en
América Latina.
Los escenarios críticos a la Globalización, pudimos mirarlos en
apenas pocos años y a través de 7 derrotas en América: la del ALCA; de
la arquitectura imperial o ‘Seguridad Hemisférica’; del Consenso de
Washington; del neoliberalismo salvaje; del Plan Colombia; de las
privatizaciones; y de las democracias piramidales.
Es más, América Latina fue no solo la porción del mundo donde primero
se superó al neoliberalismo, sino la primera en germinar alternativas
que se han dado en llamar socialismo del buen vivir, socialismo del
siglo 21, sociedad post-neoliberal, etc.
Esbozado, a grandes rasgos, el macro panorama-marco de la ubicación
del Ecuador en el planeta azul, seguramente surgirá una pregunta: ¿Y qué
tiene que ver todo eso con el proceso electoral en ciernes? No hay
realidad de la aldea que no empate con la realidad de la aldea global
.
El contexto continental: Ecuador no es una isla, sino parte de la nueva Latinoamérica
En noviembre de 2004, dos años antes de que Ecuador se incorporara al entonces incipiente
‘Bloque de Poder Regional’, en un trabajo titulado “
La simultaneidad y regionalidad, rasgos del proceso de cambios que vive América Latina”,
deduje que los nuevos y sonados triunfos de las nuevas izquierdas y de
los nacionalismos progresistas del continente, que no eran ‘bien vistos’
por las elites mundiales y nativas, jalonaban tanto voto popular de
apoyo al unísono en América Latina, que se abonaba una perspectiva
regional de triunfos inusitados, ex-profesamente minimizados, o no
asumidos como tales, por las viejas izquierdas y los monopolios privados
de comunicación. Y apuntaba: “Quizás se deba a que, todavía, ni
siquiera caen en cuenta de lo que pasa en la nueva realidad del
continente” .
Y es que en aquel entonces, apenas habían triunfado el Uruguay de
Tabaré Vásquez; la Venezuela Bolivariana que arrasó en 20 de los 22
estados; el Brasil del PT que mantuvo la mayoría del apoyo popular en
elecciones regionales; y Nicaragua donde el FSLN barrió a los viejos
partidos de la era pos-sandinista en las elecciones departamentales.
Así fue que, desde entonces, teníamos
por vez primera en América Latina un poderoso
‘bloque regional de poder’ que, para esa época, aún era emergente y pugnaba por nacer, y que -sin duda alguna-, fue -y es- de nuevo tipo.
Para esa época, ni los análisis de la derrotada elite neoliberal en
el continente, ni los rituales estudios de la izquierda ortodoxa, ni los
díscolos enfoques de la socialdemocracia europea, admitían que se
configuraba un bloque regional de poder. Hoy todos ellos: el partido
mediático del siglo XX, el partido obrero del siglo XIX y el partido
europeo del siglo XVIII, con una que otra diferencia, admiten que, en
efecto, existe en América Latina un bloque geopolítico de poder que
disputa a los EEUU la identidad hemisférica.
Gobiernos progresistas simultáneos, disímiles pero concordantes entre
sí, se ejercían desde hace una década en Brasil, Venezuela, Argentina,
Uruguay y Cuba. Cuatro años después, ya se habían sumado a ese núcleo
geoestratégico de independencia y soberanía, el Ecuador de Correa, la
Bolivia de Evo, el Perú de Ollanta, El Salvador del FMLN, la Nicaragua
del FSLN, el Paraguay de Lugo y la Honduras de Zelaya (éstas últimas dos
experiencias de cambio geopolítico, abortadas salvajemente gracias a la
injerencia transatlántica).
Experiencias así,
en solitario , eran impensables en la
década del 60 (la era de las invasiones y tiranías tropicales), en los
años 70 (el inicio de las dictaduras sangrientas), los 80 (la era
Reagan) y los 90 (el
fin de la historia a escala planetaria).
Tal incipiente bloque regional emergía en medio de dos crisis: la
apabullante crisis del modelo neoliberal que no conseguía estabilizarse
en casi ningún país de la región, y que ya no tuvo retorno posible, con
la excepción de Colombia y México desde entonces; y la ruptura
estratégica de su expresión política tradicional: la democracia formal.
Esa nueva simultaneidad regional apareció en escena y ya dura una
década , pero no es un tema de tiempo, sino de contenido. En la primera
década del
siglo XXI en América Latina se empezó a alterar el
mapa político y social del neoliberalismo y sus democracias de baja
intensidad.
Es esa simultaneidad regional, y no otra experiencia concreta
aislada, el mayor problema para la alianza transatlántica en el
hemisferio. El análisis del Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García
Linera, fue válido: “
Latinoamérica es el continente a la vanguardia
de la reflexión y movilización planetaria, y es el que hoy hace las
grandes preguntas: ‘¿
Cómo salimos del neoliberalismo? y ¿
Qué viene después del neoliberalismo?’.
El Escenario nacional: El pasado fue el prólogo, el futuro está en el presente
En abril del 2005, las elites se entramparon en cambios cosméticos,
medias tintas, cortes de justicia, tribunales o cuarteles. Por eso no
tenían porvenir. De cambiar todo se trataba. De sepultar la vieja
república que habíamos padecido. Y como no entendieron en el ayer las
claves del poderoso mensaje popular lanzado en subterránea advertencia
en los años 1997, 1999, 2000 y 2005; el 2006 les tomó, si no
desprevenidos, sin alternativa concreta alguna de poder. Habían perdido
diez años estratégicos ganando en la inmediatez. Y ya no tenían, para
cuando apareció PAIS en el escenario, un proyecto holístico que
vertebrara la nación que despedazaron.
En cuanto a las izquierdas ortodoxas, si ya en 1997 inculpaban
al imperio y la burguesía de la caída del PRE (para siempre), cuando gritamos
¡Bucaram fuera!, en el 2005 redujeron la profunda rebelión forajida de Quito a “
una conspiración de la CIA” y una “
revuelta de la racista clase media quiteña”.
Si no entendieron la etapa preparatoria vivida entre 1997 al 2005,
jamás entenderían el surgimiento de Rafael Correa y PAIS en ese mismo
período, y todo el profundo proceso de mutaciones idiosincráticas de
nuestro pueblo transcurrido desde el 2006 hasta el 2013. Pero a la elite
le fue peor: apaleada conceptualmente por una rebelión cuya dimensión
no entendieron, optó por darle pronta sepultura (“
Se acabaron los forajidos” dijeron en el 2006), sin saber que dicha rebelión tomaba otra forma: el fin de la partidocracia, la recuperación de la
Patria, tierra sagrada.
Tratándose de
un Cambio de Época más que de
una época de cambios, como sintetizara el Presidente al actual momento latinoamericano y nacional, el viejo axioma
izquierda-derecha no
basta, o tiene otras connotaciones. La complejidad de los nuevos
procesos latinoamericanos llamados a superar el neoliberalismo de
décadas, sintetiza el ‘
ser nacional’, donde caben todos y todas,
pues en el Ecuador insurrecto de una década (luchas contra Bucaram,
Mahuad, Gutiérrez, TLC, derrota electoral de Álvaro Noboa, triunfo de la
Constituyente, etc.), confluyeron por el cambio sectores de izquierda,
centro y
derecha recta, medianos empresarios y sindicatos, indígenas, afros y urbanos, profesionales y jóvenes, clases medias, militares, etc.
Las banderas eje de este proceso: Recuperación del Estado nacional,
dinamitado por el neoliberalismo; Rescate de la Soberanía y los recursos
naturales; Democracia participativa; Unidad latinoamericana, no son
patrimonio de ciertas izquierdas o movimientos sociales. Pertenecen a
toda la nación. Eso es lo que se niegan a admitirlo quienes en Ecuador
decidieron seguir el camino de
Bandera Roja en Venezuela, del
Malku Felipe Quishpe en Bolivia, de los
trotskistas en el Brasil.
El innegable liderazgo político de Rafael Correa y la fuerza
protagónica de PAIS, han dado continuidad a las grandes tareas
nacionales en lo político, ya predispuestas desde que derrotamos en el
2005 a Lucio Gutiérrez, a Álvaro Noboa en el 2006 y a la partidocracia
en los siguientes años y procesos electorales.
Esas
grandes tareas nacionales, impostergables para lograr la
derrota estratégica de la vieja república neoliberal y, simultáneamente,
la construcción de la nueva fueron asumidas por el gobierno, las
fuerzas del cambio y el liderazgo del Presidente, cuyo ‘pecado’, según
la ortodoxia de izquierda, es ‘
no ser marxista’, mientras la ortodoxia ONG sostiene que su
pecado no es ese, sino el “
no entender de ecologismo y equidad de género”.
Siendo uno de los presidentes más jóvenes que ha tenido Ecuador, de
hecho el más joven después de Jaime Roldós Aguilera, los diversos ojos
de la oposición no quieren ver lo evidente: se trata de un líder
nacional con fuerte impacto inter-generacional y un cada vez mayor, e
innegable, protagonismo continental e internacional.
Por lo tanto, en febrero de 2013 asistimos, a la continuidad del
cambio de época. Sobre las ruinas de la vieja república, se erigió un nuevo régimen. Y ese nuevo régimen ya no puede ser gobernado por el ayer.
El actual proceso no puede ser el socialismo clásico que se intentó imponer como
verdad sagrada en
un continente y un país bizarro como los nuestros. Pero la izquierda
tradicional no quiere aprender y sólo se pasa tipificando-denigrando
todo proceso:
reformista,
derecha vestido de izquierda,
no declara la dictadura del proletariado, etc.
Partimos de factores distintos al
capitalismo salvaje y al
socialismo real.
Y eso es lo esencial. Cierto es que la izquierda política ha
contribuido en momentos históricos, pero no siempre ha sido la izquierda
sola. En los cambios, principalmente en el siglo XX han participado
movimientos sociales, partidos de centro-izquierda, militares
nacionalistas, etc. Pero la izquierda formal de hoy, del período
2005-2013, sufre una crisis que se niega a reconocer y que la endosa a
PAIS. El Ecuador del siglo 21 demanda una izquierda del siglo 21, no del
pasado. Debiera construirse izquierdas del siglo 21 y admitir que han
padecido sectarismo, etnocentrismo y todos los
ismos imaginables.
Hay varias izquierdas, una de ellas de carácter emergente y su origen
se halla, esencialmente, en el período post-gutierrista: esa es la que
hoy se apresta a dar la batalla por la continuidad de un proceso de
cambios continental.
Recuerdo que a poco de triunfar Rafael Correa en el 2006, durante un evento de “
Evaluación de la coyuntura”, dirigentes indígenas y ONGs dijeron:
la izquierda fue derrotada en las elecciones.
Cuando me tocó el turno de hablar y dije que estaba feliz por el
triunfo de Correa y que sumados los votos de la tendencia, las
izquierdas eran la primera fuerza política del país, casi me linchan. Y
es que desde entonces, esos movimientos sociales no han admitido su
fracaso ni su desplazamiento como
sujetos del cambio.
Por eso es necesario desentrañar: ¿De qué “izquierda” habla el
establismenth mediático? ¿De cierta izquierda extremista que descalifica a Correa llamándolo
traidor y agente del imperialismo?
Esa tendencia no entiende que hay un país que generacionalmente cambió
en la última década. Somos del siglo 21 pero llevamos lastres del siglo
anterior. Tenemos que aprender a convivir en un proceso que sostendrá en
nosotros mismos ambos siglos por un buen tiempo.
Por este proceso hemos luchado millones de ecuatorianos desde 1997
hasta hoy: por eso es impostergable, para esos mismos millones, apoyarlo
y ahondarlo hacia la meta estratégica que PAIS definiera con las 35
propuestas del programa de gobierno, y con el socialismo del buen vivir
como paraguas estratégico de hacia dónde encaminar el proceso.
Por eso es que los principales equívocos de las izquierdas ortodoxas, que hoy se denominan “
la única izquierda”,
se resumen ahora en una política en mi criterio suicida: terminarán por
marginar la tendencia y “cuyabenizar” a Alberto (Acosta), su candidato.
Es decir, lo atraparán las limitaciones objetivas de un discurso
presuntamente positivo para las comunidades, el ambiente y los
indígenas, pero que es un discurso local, no nacional, excluyente, no
incluyente, y sectorizado, no abierto a esos millones de electores que
votarán por la institucionalización y profundización de la Revolución
Ciudadana, de los cuales un millón somos militantes y simpatizantes.
La amenaza al actual proceso
En el 2005 Donald Rumsfeld sostuvo:
“Este proceso (las victorias del bloque regional)
es circunstancial y lo que hoy sube mañana puede caer. Veremos si en 5 años estos gobiernos siguen”.
Cuando el golpe en Honduras, el 7 de febrero del 2009 advertí: “En
América Latina asistiremos a otro tipo de golpismo: el golpismo
mediático, que impondrá una valla de distorsión informativa que se
evidenció en los sucesos de Tegucigalpa. Ya se puede intuir lo que nos
espera a varios países, si dan el mismo tratamiento mediático de un
golpe, pues el caso de Honduras puede ser, apenas, la impresentable
pieza prologal del Dominó de la reacción en América Latina: La culpa de
intentonas en Ecuador, Bolivia o Paraguay, no será de los golpistas,
sino de los propios presidentes derrocados, desestabilizados o
atentados”.
Ese análisis fue refrendado por el comportamiento de los
mass media en el intento de golpe del 30 de septiembre. Y, a un tiempo, en los sucesos de Paraguay.
Hay una matriz transatlántica de embate colectivo contra los procesos
gubernamentales progresistas del continente, que usa un poderoso
‘lobby’ político-mediático-académico que converge en estrategias
mancomunadas entre sus pares de la región para desestabilizar a los
gobiernos ‘populistas de izquierda’, bajo formatos de las
revoluciones naranja y
con una coordinación orgánica regional cuya punta de lanza es "el
partido mediático-destituyente" (como lo denomina Walter Formento).
Hoy vemos una impresionante maquinaria editorial de los medios de la
región, la SIP y el Grupo de Diarios de las Américas, que han
regionalizado un mismo discurso destituyente. En toda la región repiten
igual matriz contra Rafael Correa, Hugo Chávez, Evo Morales, Cristina de
Kirchner, Daniel Ortega y Dilma Rousseff.
El Grupo de Diarios de las Américas, GDA, en red, ha publicado
reportajes ‘especiales’ que circulan al unísono en el continente para
posicionar esas matrices. Simultáneamente publicaron el editorial
difamatorio de Emilio Palacio, por ejemplo. El
Grupo Prisa,
oligopolio mediático español, igualmente ha enfilado sus ataques a
Correa y otros gobernantes latinoamericanos que lideran los cambios. En
extraña identidad de agenda, difunden y promueven editoriales, titulares
y noticias similares, con el fin de influir desde esos medios en la
opinión pública de la región.
El ataque mediático internacional contra Correa obedece a una razón
imperdonable: haber cuestionado con frontalidad y llevado al banquillo
de los acusados al mayor poder en la historia moderna: los grandes
medios privados de comunicación. Esa oligarquía global, que no tiene
fronteras, está dispuesta a guerrear con uñas y dientes en esta
coyuntura.
Alexis Ponce es activista de los derechos humanos. Fue dirigente
de la APDH del Ecuador, Director de DDHH de la Defensoría del Pueblo y
del TGC; Asesor en la Asamblea Constituyente; Subsecretario Social del
Agua; Asesor de DDHH del Canciller, Asesor social del Ministro de
Electricidad y actual Asesor del Secretario Nacional del Agua. Militante
de PAIS y funcionario del Gobierno de la Revolución Ciudadana.